Opinión

Cada vez es más común gente que declara muy suelta de cuerpo, con absurdo desdén, “no me gusta leer”, “no me interesa el arte”, “nunca fui a un teatro” o “¿poesía? ¡Vaya tontería!”. Un gran porcentaje de ese peligroso colectivo que elige no pensar también afirma que no sabe cocinar. Todos ellos suponen que si necesitan data de algo la encontrarán en Internet (ya surgieron algunos planteando la inutilidad de las universidades), y que de la comida se encarga la industria alimentaria. Pareciera que todo les importa un bledo, que las preguntas existenciales no merecen respuesta, ni atención. La reflexión, el cuestionamiento o la mera curiosidad sobre el génesis, la creación del mundo, la vida y la muerte, no les quita el sueño. Creo que hasta son indiferentes a todo vestigio de humanidad, les daría lo mismo ser catalogados como animales, mientras les permitieran alimentarse, dormir y copular. Para estas raras Avis la historia de la gastronomía, las guerras, hambrunas, pestes, inundaciones, terremotos, no son motivo de análisis, ni hechos aleccionadores para corregir errores; se apresuran a pulsar esc cuando tropiezan con la info en Google. Hablar bien o mal, las reglas ortográficas, el significado de las palabras, su propia lengua, no los conmueve. Se diría, por la rapidez con que simplifican sus comunicaciones orales y escritas, la avidez con que intentan inconscientemente regresar a los elementales gritos guturales de los cavernícolas, que prefieren la barbarie a la civilización. No les interesa el concepto de patria ni la identidad, prefieren ser camaleones, parte de un rebaño dócil a los mandatos de la moda y los gobiernos de turno, que otros piensen por ellos mientras gozan de libre albedrío. No tienen otro dios que el dinero, otro horizonte que el día a día. Son menos que primitivos: nuestros antepasados se regían por los ciclos de la naturaleza, se diferenciaron de los demás animales, cocinaron, hablaron, respetaron a sus muertos, honraron a sus ancianos, crearon buena parte de la tecnología que hace más sencilla nuestra vida, las obras de arte que han de perdurar a pesar de la barbarie que intenta destruir todo vestigio de humanidad en nombre de un dios llamado Odio. Sin duda cocinar y hablar, habilidad peculiar de los seres humanos, y todas las artes que derivan de nuestra capacidad de discernir y reflexionar, de plantearnos cuestiones abstractas, serán, más pronto que nunca, la trinchera contra el temido regreso a las cavernas. Imposible suponer que hombres y mujeres que no tengan más interés que satisfacer sus instintos primarios, que den rienda suelta a su agresividad, no se eliminen unos a otros sin cargo de conciencia. No fueron los guerreros carroñeros violando, matando y robando, sino los poetas, los músicos, escultores y pintores, los curiosos, los filósofos, quienes intuyeron y construyeron lo que llamamos civilización. Si nadie lee, se dejará de escribir, se perderá el lenguaje, no se transmitirán recetas, ya no cocinaran los hombres ni las mujeres, no se buscará el placer a la hora de comer, solo alimentarse. Será el caos. Sin reglas, moral, leyes, el retorno de la ley del más fuerte. Los únicos romanos que intuyeron la caída del Imperio fueron los poetas, y se burlaron de ellos mientras daban rienda suelta a sus orgías. La Belle Epoque era una fiesta desenfrenada, nadie imaginó el fantasma de la Primera Guerra Mundial. Durante la Guerra Civil española poetas, artistas y pensadores fueron de las primeras víctimas del terror. La Segunda Guerra Mundial demostró que irremediablemente el hombre tropieza más de tres veces con la misma piedra. En este contexto, cocinar es más que un símbolo, es practicar una de las actividades que distingue a la humanidad. Y fomentar acciones que surgen espontáneas alrededor de la mesa, como conversar, reflexionar, debatir sobre cuestiones trascendentes como el amor, sin que nadie te mire como a un loco por mencionar algo tan cursi como el amor. No imaginan un Banquete como el descripto por Platón. En dicha obra se inicia el relato en un banquete organizado por el poeta  Agaton en el 416 a.C. Al finalizar la comida, Erixímaco propone discursos de los presentes relacionados a Eros, al Amor. El primero en hablar es Fedro, que dice: Eros es el dios más anciano. Es el que hace más bien a los hombres. Inspira al hombre la vergüenza del mal y la emulación del bien. Inspira valor, ya que sólo los amantes saben morir el uno por el otro. En el alma del que ama hay divinidad. Luego habla Pausanias, que se refiere a Afrodita: Hay dos Afroditas, y por lo tanto dos Eros. La Afrodita popular y la Afrodita Urania. El amor que acompaña a la primera es el del cuerpo y, por tanto, no dura. El amor que acompaña a la segunda es el del alma y, por tanto, es duradero. El amor es bello si es honesto. Aunque parezca mentira, no hace más de cuatro décadas se llevaban a cabo tertulias donde se “ganaba tiempo” debatiendo sobre temas similares. No es casual que la comida compartida, el banquete, sea propicio a los buenos sentimientos, la paz y la hospitalidad.

 

Bondiola de cerdo al horno

Ingredientes: 500 grs. de Bondiola de cerdo, 1 zapallito, 1 zucchini, 1 zanahoria, 1 pimiento morrón rojo, 1 cebolla de verdeo, tomillo, 2 hojas de laurel, 1 copa de vino blanco, aceite de oliva, sal y pimienta.

Preparación: Cortar todas las verduras, en cubos o rodajas, salpimentar y verter aceite por encima. En una sartén con 1 cucharada de aceite caliente sellar la bondiola por todos lados. Añadir el vino blanco, separar los jugos de la carne con una espátula y dejar que evapore el alcohol. Disponer la carne sobre las verduras y volcar encima la reducción de vino. Llevar a horno 180° 45 minutos. Servir cortando la bondiola en lonchas gruesas, guarnecer con las verduras, y salsear con el jugo de cocción.

 

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