Opinión

Para nuestros antepasados, en tiempos tan remotos que no se conocía la palabra, ni la escritura, y por ende no se había escrito ningún libro sagrado, había una sola religión y un solo dogma, y dioses de una misma procedencia: la naturaleza. Se celebraban los ciclos de la naturaleza, las estaciones, porque de su observancia dependía vivir o morir. Imposible sobrevivir en invierno, si la provisión de alimentos no era suficiente. La primavera era la estación del renacimiento y la fertilidad. Las Pascuas, tanto judías como cristianas, plantean pasaje de un lado a otro (la salida de Egipto), como de reencarnación (la resurrección de Cristo), hechos que muy bien se relacionan con la primavera. Como la cultura predominante se inicia en el Hemisferio Norte, es habitual en el sur celebrar fuera de tiempo, o de clima. Así, Navidad (celebración invernal) se festeja en pleno verano, y la Pascua Florida en riguroso otoño. En cuanto a los símbolos, se supone que el conejo, debido a su capacidad de procreación representa la fertilidad desde antes de Cristo, asociado a la diosa fenicia Astarté, en cuya festividad primaveral en países centroeuropeos e islas británicas se denomina Easter. En Alemania existe una leyenda no tan antigua en la que una mujer pobre, incapaz de ofrecer dulces a sus hijos, escondió en el jardín huevos decorados. Los niños, al ver a un conejo, creyeron que había puesto huevos. Desde entonces, los niños fabricaban un nido que se encontraba en el jardín a la espera de los huevos del conejito de Pascua, que se llena durante la noche. Casi naturalmente, los cristianos germanos asociaron esas festividades a la resurrección de Cristo, y crearon otra leyenda asociada al conejo: cuando sus allegados introducen a Jesús crucificado en el sepulcro que les había dado José de Arimatea, no reparan en que dentro de la cueva había un conejo. El animalillo se quedó ahí viendo el cuerpo de Jesús cuando pusieron la piedra que cerraba la entrada, se preguntaba quién sería ese señor. Así pasó mucho rato viéndolo, todo el día y toda una noche, cuando de repente vio algo sorprendente: Jesús se levantó y dobló las sábanas con las que lo habían envuelto. Un ángel quitó la piedra que tapaba la entrada y Jesús salió de la cueva como si tal cosa, vivo. El conejo comprendió que Jesús era el Hijo de Dios y decidió que tenía que avisar al mundo y a todas las personas que lloraban que ya no tenían que estar tristes porque Jesús había resucitado. Como los conejos no pueden hablar, aunque sean legendarios, se le ocurrió que si les llevaba a los creyentes un huevo pintado, ellos entenderían el mensaje de vida y alegría, y así lo hizo. Aunque persiste la polémica por el origen del nombre de España, muchos aceptan que Ispania se origina en la palabra hebrea saphan, que significa conejo, por lo que los romanos impusieron la idea de tierra de conejos como nombre de la Península. En algunas monedas romanas acuñadas la figura del conejo figuraba en el reverso. Así, el conejo pascual fue un símbolo que los íberos aceptaron sin remilgos, al haber convivido con ellos desde tiempos inmemoriales. En cuanto al huevo, no siempre fue de chocolate, o joya de orfebrería decorado con piedras preciosas. Durante la Edad Media era costumbre que los pagos de tributos a los señores feudales, durante los censos anuales que se celebraban el domingo de Pascua se pagaran con canastas de huevos. Sin embargo, el huevo ha sido un elemento importante en la cosmogonía de las culturas más primitivas. En la India se creía que las aguas originarias se elevaron y dieron origen a un huevo de oro del que emergió el creador del mundo. En Egipto, el simbolismo del huevo se asemeja al mito griego de la Caja de Pandora. Se cree que el dios Osiris y su hermano, Tifón, lucharon respectivamente e introdujeron todos los bienes y males del mundo en un huevo. Al romperse el mismo, todos los males se distribuyeron por el planeta. También en Persia, como en Grecia y Roma, era muy común pintar huevos y comerlos en las fiestas, en honor a la primavera. En cuanto a la rosca, otra leyenda remonta su origen al año 476, cuando los bárbaros sitian la ciudad de Pavia.
Allí (donde muchos después los Tercios españoles logran singular victoria), un humilde pastelero preparó un postre con forma de paloma para la Pascua, símbolo de paz y amor y se hizo llegar al rey enemigo. Tan conmovido quedó el rey, que en prueba de amistad levantó el sitio de la ciudad y liberó a la población. Algo sentimental para la fama de aquello guerreros que lograron destruir el Imperio Romano, pero así son las leyendas.
Históricamente, las roscas fueron simples panes leudados. Sus antecedentes no están relacionados con la religión cristiana sino con festejos paganos de la antigüedad: las saturnales romanas o las ocasiones en que se agradecía y se pedía por la generosidad de la tierra. En estas oportunidades se elaboraban unas tortas redondas hechas con higos, dátiles y miel. Otros señalan el origen de la Rosca de Pascua también en Italia, pero en Bolonia, con el fin de complementar al ya tradicional huevo de pascua. Los reposteros italianos retomaron estas tradiciones antiguas nunca perdidas del todo para ‘competir’ con la también antigua tradición del huevo. Como vemos, si retomamos las costumbres primitivas de festejar los cambios de estación, con o sin Fe, valoraremos el renacer continuo.


Ensalada de Abadejo-Ingredientes: 250 de filete de abadejo, 2 huevos duros, 1 tomate redondo, lechuga criolla, lechuga morada, espinaca, 1 cucharada de vinagre, 1 cucharada de jugo de limón, 2 cucharadas de aceite de oliva, 1 cucharadita de salsa inglesa, 1 cucharadita de mayonesa, sal.


Preparación: Hervir el abadejo, escurrir, secar y cortar en trozos pequeños. Cortar en rodajas los huevos, y el tomate. Cortar las lechugas y las espinacas en juliana gruesa, reservando algunas hojas. Cubrir la ensaladera con las hojas, y en el centro disponer los demás ingredientes. Mezclar los ingredientes del aliño, echar sobre la ensalada y unir al servir.

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