Opinión

Cocina Gallega

Manuel Corral Vide | 30 de marzo de 2015

Cuando uno acaricia, levanta a un bebé, hace un nudo, pinta, escribe, revuelve el guiso, o simplemente da la mano a alguien, apenas piensa en la versatilidad de nuestras extremidades superiores, tan distintas de las de otros animales del planeta. Tampoco en estos tiempos se reflexiona sobre la pérdida paulatina de habilidades manuales. Muchos han olvidado escribir con un lápiz o una lapicera, pocos saben utilizar un martillo, una tenaza, menos una pala. Pienso en aquellos hombres de las cavernas, cuya supervivencia permitió que nosotros estemos aquí, soberbios y altaneros. Debían, necesariamente, conocer todo lo necesario para desenvolverse en un mundo por demás hostil para criaturas tan débiles físicamente. Todos los miembros de la horda tenían la obligación de ser diestros a la hora de manejar las rudimentarias armas, idear la mejor estrategia para cazar animales enormes, encontrar refugios, agua, abrigo, encender fuegos, cocinar. Aquellas habilidades, mínimas a nuestros ojos, eran la frontera entre la vida y la muerte. Pero muchos cientos de años después, en la Edad Media, cuando la mayoría de los hombres y mujeres todavía nacían, vivían y morían sin haber conocido más que unos pocos kilómetros alrededor de su aldea, lo necesario para el funcionamiento de la comunidad era conocido por todos los miembros; andar a caballo, manejar el arado, sembrar y cosechar, criar y faenar animales, elaborar embutidos, jamones, hornear pan, construir molinos, casas, caminos, diques, empalizadas, manejar armas de defensa, tejer, fabricar ropa, cerámica, muebles, todo se hacia allí artesanalmente. Cuando las pestes, catástrofes naturales, guerras y hambrunas endémicas arrojaron a millones de personas lejos de su tierra, cuando se vieron desterrados, emigrados en países extraños, debieron hacer uso de sus habilidades manuales, sus múltiples oficios les permitieron adaptarse en sociedades, industrializadas o no, que requerían mano de obra en las ciudades y los campos. En el vasto territorio de la actual República Argentina, la mayor parte aún en manos de aborígenes, los inmigrantes no tuvieron problemas en adaptarse a las tareas agrícola ganaderas, alambrar, llevar adelante cultivos intensivos, abrir caminos, levantar poblados en zonas inhóspitas, lograr en pocos años su auto abastecimiento, y en muchos casos convivir con los indios, en paz y amigablemente. En la inmensidad de la Pampa y la Patagonia, en poco se diferenciaba el toldo del aborigen del rancho del hombre blanco, unos y otros dependían de si mismos, de sus habilidades para sobrevivir. Indios y europeos pertenecían a un mundo ecuestre, donde el caballo y la destreza para la caza, la pesca y demás tareas rurales, la intuición para prevenir los peligros, saber curar enfermedades, aprovisionarse de alimentos, eran cruciales. Grupos de galeses, judíos, maragatos, gallegos, vascos, italianos, entre otras nacionalidades, dependieron de sus habilidades, fortalezas, y una muy arraigada cultura del trabajo para forjar un futuro mejor ante la indiferencia de las autoridades cuando todo parecía imposible, y la agresividad cuando medraron lejos de su tierra, qué pocos quieren sembrar, pero todos ansían aprovechar la siembra. Si hoy lleváramos a un grupo de hombres y mujeres a un territorio virgen, y allí los abandonáramos a su suerte, lo más probable es que fallecieran sin ayuda externa, porque carecerían de las habilidades necesarias. Hoy en día le quitas la electricidad a cualquier hombre o mujer, y los conviertes en criaturas indefensas. Es una realidad. Tan tangible que un astrofísico británico, no recuerdo el nombre, escribió un libro titulado (cito de memoria) ‘A tener en cuenta en caso de Apocalipsis’, en el cual enseña cómo lograr fuego, y otras informaciones básicas para sobrevivir en un hipotético mundo donde alguna catástrofe arrasó con todo vestigio de tecnología. Supone, con cierta lógica, este científico, que al apoyarnos para casi todas las tareas en aparatos que incluso piensan y almacenan conocimientos por nosotros, llegará el momento en que los humanos serán más que inútiles sin el apoyo de inteligencias artificiales. Es increíble cómo la historia alecciona si uno está atento. Grandes civilizaciones cayeron como castillos de naipes cuando sus integrantes delegaron toda tarea manual en extranjeros o esclavos, se dedicaron a vivir con lujos y extravagancias. Esta clarísimo en la historia de España, cuando una nobleza ociosa y pusilánime pretendió vivir sin trabajar, delegar el comercio, la agricultura y la ganadería en extranjeros ávidos de rapiñar el oro y la plata que llegaba (suponían in eternum) desde América, y en esclavos que hacían las tareas pesadas. Pasó en Argentina, donde los dueños de la tierra no se mancharon las manos con el abono ni sudaron, pero derrocharon las inmensas, obscenas riquezas, que generaban las estancias, el trigo y las vacas, en lujos y vicios en París. Pasará, tal vez, con los jeques petroleros cuando se acaben sus recursos naturales, y ya no puedan ofrecer pan y circo a sus súbditos. La poderosa Roma temblaba cuando se demoraban las naves cargadas de trigo provenientes de alguna colonia. Quien quiera oír que oiga. Me voy a los fuegos recordando que, esencialmente, lo único que nos diferenció de otros animales fue saber cocinar, transformar los alimentos, y hablar. Está en nuestras manos volver a las ramas de los árboles, o defender nuestra humanidad.

 

Filete de merluza con salsa

Ingredientes: 1 kilogramo de filete de merluza de la parte del lomo, 1 cebolla mediana, 1 pimiento morrón rojo, 1 copa de vino blanco, 1 taza de salsa de tomate, 2 hojas de laurel, aceite de oliva, sal fina, pimienta en grano recién molida, perejil picado.
 
Preparación: Limpiar los filetes de merluza, pelar y picar la cebolla en juliana. Cortar el pimiento también en tiras finas, desechar semillas y nervaduras blancas. Sofreír las verduras. Cuando estén tiernas, añadimos la salsa de tomate, cuando levante hervor añadimos el vino blanco, incorporamos las hojas de laurel, removemos y cocemos a fuego lento diez minutos. Cuando esté hecha la salsa, ponemos la mitad en una fuente de horno. Encima disponemos los filetes de merluza, sazonamos y cubrimos con el resto de la salsa. Llevamos a horno precalentado a 180° grados durante treinta minutos. Servimos caliente con puré de papas, y espolvorear encima el perejil picado.



 

 

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