Opinión

Cocina Gallega

Manuel Corral Vide | 02 de marzo de 2015

Como a muchos nacidos a mediados del siglo XX, nos pilló la adolescencia con olor a pólvora, historias de muertes, pérdidas materiales y de seres queridos, odios congénitos, ansias de cambio, rebeldía. En ese contexto, sufrimos y gozamos los grandes cambios. El mayo del 68, la llegada de The Beatles, la irrupción de los hippies, Joan Báez, Bob Dylan, la guerra de Vietnam, la Revolución Cubana, el Che, Woodstock, Jimi Hendrik, Violeta Parra, Daniel Viglieti, Patxi Andion, Paco Ibáñez. Leímos a Miguel Hernández, Rafael Alberti, Vallejo, Guillén y Cardenal; la píldora anticonceptiva cambió algunas costumbres, el amor libre parecía posible, la Utopía ocupaba el amplio horizonte. Por acción u omisión, todos parecían comprometidos. Superar a la generación anterior se basaba en el conocimiento, leer libros, oír conferencias, estudiar, dentro o fuera de las universidades. La militancia activa, la búsqueda de las libertades individuales y la paz mundial eran tomadas como misiones básicas, cierto misticismo se mezclaba con el humo de los cigarros y la ginebra barata, otorgaba un sabor especial a los chinchulines trenzados, o los fideos con pesto, comidos en Pippo a las cuatro de la mañana. Muchos contemporáneos murieron defendiendo ideas, combatiendo la ignorancia. De pronto, un buen o mal día, alguien decretó la muerte de las ideologías, luego otro el fin de la historia, y, por lógica, se decretó que Dios también había muerto, y su lugar lo ocupaba la tecnología, el consumo desmedido, el individualismo extremo. Soy lo que tengo gritó un profeta en el segundo nivel del Shopping de moda. Y casi todos se unieron a la manada, tarjeta de crédito en mano. Muchos nos unimos a la ola migratoria, buscando aire fresco, un futuro lejos de la Edad Media que cubría con su manto oscuro los valles y montes, los ríos de nuestra amada Galicia. Un símbolo del que huimos fue el cacique, la figura, la malevolencia del cacique. Castelao describió y denunció como ninguno el daño que este personaje provocó a sus paisanos. Claro que el caciquismo, el clientelismo político, tal vez por herencia hispana, también había arraigado en Latinoamérica, y medrado después de las gestas emancipadoras. Un caso paradigmático, de creer a algunos investigadores, se daría con Juan Moreira, nacido en Galicia, obligado a huir por una muerte siguiendo órdenes de un cacique local, y convertido en matón a sueldo de políticos conservadores en la campiña bonaerense. Así las cosas, no es de extrañar que en buena parte del colectivo gallego, y español en la diáspora, se mantenga con buena salud esta nefasta institución que está llevando a la extinción a todas las Sociedades y Asociaciones en Argentina. Alguna vez, hace unos quince años,  un conocido director de la TVE los catalogó como monjes negros, por la manera en que intentaban digitar las entrevistas a realizarse aquí en Buenos Aires, el interés por mostrar a ciertas personas y ocultar a otras. No lo entendí en ese momento, pero lo sufrimos todos en la actualidad. Nada se hace sin su bendición, adoptan el nepotismo cada vez que pueden para detentar todo el poder, hacer y deshacer a su antojo, servir llegado el caso a sus jefes políticos allende los mares, olvidando defender los derechos de los emigrantes, su prioridad natural. Otra de las características de esta curiosa casta es premiarse entre ellos una y otra vez. Uno se pregunta con cierta inocencia donde pondrán tantas medallas, plaquetas de bronce, diplomas y otras distinciones. Al que le quepa el sayo que se lo ponga. Una de las consecuencias de esta especial manera de manejar el poder, es que no permitió el lógico recambio generacional, alejó a la juventud, nuestro más importante activo. Muchas Instituciones son cotos personales de determinadas familias que monopolizan los cargos en las Comisiones Directivas respectivas, otras, francamente están reducidas a un sello de goma, aunque dispongan de edificios propios casi sin actividad. Y en el medio de tanta calamidad, perduran las luchas internas entre partidarios del PP, el PSOE, o el BNG, aquí mismo, en esta orilla del Río de la Plata. No tengo noticias si ya hay partidarios de Podemos, pero debe haber. Que para buscar disensos somos mandados a hacer. ¡Válgame Dios!, dirían las abuelas, pensando con justicia que los emigrantes debemos seguir unidos, para evitar que se respeten nuestros derechos adquiridos, los de los hijos y los nietos, para que nuestra cultura permanezca viva para las futuras generaciones, para honrar el esfuerzo de los antepasados que construyeron con enorme esfuerzo esos grandes edificios que nos llenan de orgullo. Claro que habiendo excepciones, hay esperanza. Y para hacer una tortilla, hay que romper antes un par de huevos. Pensando en aquella frase de Ortega y Gasset dirigida a los argentinos, digamos: españoles, emigrantes, ¡a las cosas! A ocuparse, que los cambios no vienen solos.

 

Carne al caldero

Ingredientes: 1 ½ Kg. de tira de asado, 750 grs. de papas, 150 grs. de panceta, 1 chorizo, pimentón, aceite de oliva, sal marina gruesa.

Preparación: Calentamos agua en una olla, y al levantar hervor añadimos una cucharada de sal, y la panceta cortada en trozos. Incorporamos la carne, cortada cada dos costillas, cocinamos hasta que esté tierna. A media cocción añadimos las papas en trozos grandes, y 10 minutos antes de sacar la carne, echamos el chorizo. Disponemos la carne en el centro de la fuente, encima el chorizo cortado en trozos, y la panceta. Rodeamos con las papas. Espolvoreamos pimentón, unos granos de sal, y rociamos con el aceite de oliva.

 

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