Opinión

A muchos de los que luchamos en solitario por mantener encendida la llama de la cultura en la Diáspora, de tanto en tanto, nos lástima, nos deprime, la poca estima en que se tiene nuestro trabajo, allí y aquí. No es que nos recompensa, pero saber que grandes artistas sufrieron lo suyo, nos permite soportar la indiferencia con humildad, trabajando más duro aún. Porque sí, porque Galicia lo merece. Rosalía de Castro, que colaboraba con el ‘Imparcial’, importante periódico de Madrid, escribiendo una columna titulada ‘Costumbres Gallegas’, narra en los artículos publicados los días 28 de marzo y 4 de abril de 1881 que, cuando aparecía náufrago en la costa, o llegaba de una larga travesía, quien lo recogía, lo albergaba en su casa, y atenuaba su desamparo entregándole como consuelo a la mujer más atractiva de la casa para que pasara la noche con ella con fines venéreos. A pesar de ser, ciertamente, una costumbre muy arraigada en las costas gallegas, la indignación fue mayúscula en los círculos regionalistas, los nacionalistas reaccionaron atacando a la escritora, hasta ese momento, símbolo que enarbolaban con orgullo, autora del libro que dio inicio al Rexurdimento, con infinidad de agravios e insultos. Rosalía, sorprendida y apenada por los ataques, le escribe a Manuel Murguía, su marido y fundador de la Real Academia Galega: “Ni por tres, ni por seis, ni por nueve mil reales volveré a escribir nada en nuestro dialecto” (…) “Mi resolución de no volver a coger la pluma para nada que pertenezca a este país, ni menos escribir en gallego”. Y cumplió con su palabra, nunca más escribió en gallego. ‘En las orillas del Sar’, su último poemario, y tal vez el más logrado, fue escrito en castellano. En otra carta a Murguía, continua su indignación por los injustos ataques recibidos de sus paisanos, y le señala: “Se atreven a decir que es fuerza que me rehabilite ante Galicia. ¿Rehabilitarme de qué? ¿De haber hecho todo lo que en mí cupo por su engrandecimiento? (…) ¿Qué algarada ha sido ésa que en contra mía han levantado, cuando es notorio el amor que a mi tierra profeso? (…) Pues bien: el país que así trata a los suyos no merece que aquellos que tales ofensas reciben vuelvan a herir la susceptibilidad de sus compatriotas con sus escritos malos o buenos”. Claro que para muchos investigadores las razones por las que Rosalía deja de escribir en la lengua que tanto amaba no están del todo claras. Alonso Montero también cree que se debió a los ataques recibidos por sus artículos en el periódico madrileño. Pero otros piensan que más bien se trató de un gesto de reivindicación del artista por parte de la poeta. Otros piensan que estaba disgustada por la manipulación que hacía de su obra en los círculos nacionalistas su esposo, alguien que, por otra parte no la trataba bien, y la sometía a menudo al agravio de continuas infidelidades. La tradición revelada en los artículos de ‘El Imparcial’ era real, arcaica, ejercida con la misma naturalidad con que los esquimales ofrecen u ofrecían a sus huéspedes la esposa. De hecho, entre los mitos gallegos, además de mouras, lavandeiras y Santas Compañas, existe en Galicia la tradición de los ‘mariños’. Según se cuenta, paseando junto al mar, una joven fue atrapada por un hombre marino, con quien tuvo comercio carnal, la gente de los alrededores, al enterarse, trataron de capturarlo, pero él se escabulló al darse cuenta de lo que intentaban; pasado el tiempo, la mujer dio a luz, y su hijo mostraba señales de su origen acuático. Estos hijos de mujeres humanas y hombres marinos son lo que se conoce como ‘mariños’. Rosalía, hija de madre soltera y el cura del pueblo, despreciada por ese motivo, ella y su madre, debió ser muy sensible a ese tipo de costumbres y leyendas, al machismo tan arraigado en su tierra. A la muerte de Rosalía, ni siquiera la dejaron descansar en Padrón. Necesitaron trasladarla con gran pompa a un mausoleo en Santiago, llenar de flores su estatua y cubrirla de elogios, con su viudo al frente a los apólogos. Pasó lo mismo con Castelao, Suárez Picallo, y muchos otros que con mayor o menor intensidad fueron desatendidos en vida, o, por lo menos no valorados como merecían, y luego de muertos sus restos fueron repatriados a Galicia, sus obras apropiadas por unos y otros. El pueblo, ajeno a tantas intrigas cantó los versos de Rosalía, los hizo suyos, en muchos casos pensando que eran anónimos. Ese es el mayor tributo para un artista. La eternidad de su legado: “En todo estás e ti es todo / pra min e en min mesma moras, / nin me abandonarás nunca, / sombra que sempre me asombras”. Vamos a la cocina, mientras la voz de Luz Casal y la música de Carlos Núñez nos inspiran.

Flan de langostinos


Ingredientes: 300 grs. de colas langostinos pelados, 8 huevos, ½ litro de leche, 200 cc de crema de leche, 50 grs. de manteca, sal y pimienta.


Preparación: Saltear las colas de langostinos en manteca. Procesarlos, añadir la leche, la crema, sal y pimienta. Untar con manteca un molde tipo Savarín. Volcar la preparación y llevar a horno precalentado a 180° a baño María, 45 minutos. Dejar enfriar y desmoldar. Cortar en porciones, y servir adornando con mayonesa y una cola de langostinos entera.

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