Opinión

Cocina Gallega: Vemos ídolos en nuestro espejo.

Manuel Corral Vide | 30 de noviembre de 2020

Vemos ídolos en nuestro espejo. Creamos dioses a nuestra imagen. Es un hecho. Desde siempre, todas las civilizaciones crearon dioses a su imagen y semejanza, con sus virtudes y debilidades. Cuando la lluvia, el viento, fuego y tierra, los elementos de la naturaleza, tomaron formas humanas en el imaginario colectivo, y los ciclos agrarios pasaron a depender de la bipolaridad de estos seres inmortales, irascibles, vengativos, promiscuos e impredecibles, los humanos se miraron en un espejo observando los altares y estatuas a sus divinidades;  se reconocieron en ellas, y justificaron sus sacrificios y sus malas acciones, incluyendo la muerte de los primogénitos, antes de cambiar a los infantes por corderos “de Dios”, como se describe en la Biblia en el episodio de Abraham y su hijo Isaac. También imaginaron los distintos paraísos celestiales basándose en sus más íntimos deseos, y un patriarcado acendrado, con fastuosos banquetes, hermosas mujeres, bebidas embriagantes, y vida eterna. Al vestir a los dioses con sus propios pecados, la humana gente se emparentaba moralmente con ellos. Tal vez por ello, Eduardo Galeano, en un texto que aparece en su libro ‘Cerrado por Fútbol’ (2017), al referirse a su admirado Diego Maradona, escribe: “Maradona se convirtió en una suerte de Dios sucio, el más humano de los dioses. Eso quizás explica la veneración universal que él conquistó, más que ningún otro jugador. Un Dios sucio que se nos parece: mujeriego, parlanchín, borrachín, tragón, irresponsable, mentiroso, fanfarrón”.

Con lógica naturalidad, Sigmund Freud apeló a los mitos para describir los traumas y tragedias humanas, desentrañar el inconsciente de hombres y mujeres. Los griegos, especialmente, crearon dioses, y semidioses furiosamente humanos, reconocibles. Así, relataban que Europa, princesa fenicia, fue secuestrada por el lascivo Zeus, que transformado en un toro blanco la llevó en su lomo hasta Creta. El incansable rey del Olimpo también sedujo a Leda, esposa del rey de Esparta, Tindáreo, transformado en cisne. El mito dice que Leda se acostó esa misma noche con su esposo, y al tiempo puso dos huevos de los que nacieron Helena y Pólux (hijos de Zeus) y Clitemnestra y Cástor (hijos de Tindáreo). Cualquier parecido con la realidad no es casualidad. Sin duda, también en aquella imaginativa civilización griega, los atletas fueron considerados semidioses y coronados de laureles, símbolo del dios Apolo, hijo de Zeus y Leto. Enamoradizo como su padre, Apolo se burló de Cupido, que estaba practicando con su arco, y éste se vengó del arrogante dios cuando llegó el momento propicio. Un día, cazando en el bosque, Apolo vio a Dafne, una ninfa de increíble belleza. Cupido disparó dos flechas, una de oro (que producía amor apasionado) impactó en el dios, y una de plomo (que generaba odio) en el corazón de Dafne. El ardiente y apasionado Apolo persiguió a la joven, que escapaba aterrorizada. Al llegar al rio Peneo, sintió que no podía continuar y pidió ayuda a su padre (dios del río), y éste decidió salvarla de la lujuria del dios convirtiéndola en un árbol de laurel. Afligido, Apolo, al ver al objeto de su pasión convertida, decidió que el laurel sería su símbolo y las hojas adornarían su cabeza, y la de aquellos guerreros, atletas, poetas que triunfaran. La mayoría de los laureados no sospechó el lujurioso origen de sus coronas.

Volviendo al principio, si convertimos a un mercenario Ruy Díaz de Vivar en el legendario Cid Campeador, a San Tiago en el ‘matamoros’, una espada en cruz cristiana, ¿por qué puede extrañar que los argentinos vieran, en el gol de la ‘mano de dios’ a los ingleses,  una acción de guerra, revancha por la derrota de Malvinas? No extraña la apología de la picardía, la bravuconada, o el insulto, en la sociedad que fuimos construyendo. Tal vez a algunos les sorprenda, sin embargo, que el apellido símbolo de argentinidad ‘al palo’, se haya originado en Galicia, más precisamente en San Pedro de Arante (Ribadeo, Lugo). Así lo informa el colega Manuel Suarez, citando un artículo donde se mencionan las “curvas de Maradona” en esa parroquia. Dice que un vecino, Francisco Fernández llega al actual territorio argentino en 1748, y se registra como Francisco Fernández de Maradona, algo usual en la época. Lo cierto es que en San Juan, Plácido Fernández Maradona (ya sin ‘de’) fue gobernador, y el jesuita José Ignacio Fernández Maradona fue diputado a la ‘Junta Grande’. Hay documentos que demuestran que varias ramas de Maradona se instalan en Santa Fe, Chaco, Formosa y Corrientes. Diego Maradona, padre del ídolo deportivo, nació en Esquina, Corrientes. Mucho antes había nacido cerca de allí, en Esperanza (Santa Fe),  Esteban Laureano Maradona, (descendiente directo de aquel gallego emigrante), médico rural, naturalista y filántropo, con una filosofía distante del exitismo y la provocación: “Muchas veces se ha dicho que vivir en austeridad, humilde y solidariamente, es renunciar a uno mismo. En realidad ello es realizarse íntegramente como hombre en la dimensión magnífica para la cual fue creado”, era una de sus frases preferidas. Ni el doctor Maradona y su colega Favaloro (que, vaya paradoja,  tiene su estatua en Cleveland, USA) merecieron el aplauso y reconocimiento de las multitudes, menos de los gobiernos de turno, siempre atentos a utilizar a sus ídolos populares y desecharlos si es necesario. Gardel, Gatica, Monzón, ahora el Diego, por nombrar unos pocos. El bochornoso espectáculo que los violentos (que de alguna manera también se sienten dioses, por encima de la ley humana) ofrecieron en el velorio del D10S del fútbol, la mala organización, y la obvia y lamentable utilización política del autentico fervor popular por el ídolo fallecido, nos remite a la primera frase de esta nota: Creamos dioses a nuestra imagen.

Tal vez otro mito sea el indicado para concluir esta nota, pensando en la magia que nos regaló Maradona dentro de una cancha, y la inevitable caída de los mortales que los aplausos endiosan. Me refiero al mito de Ícaro, hijo de Dédalo, constructor del laberinto de Creta. Prisioneros del rey Minos, Dédalo construyó alas con plumas para escapar de la isla-prisión, y  advirtió a Ícaro que no volase demasiado alto porque el calor del sol derretiría la cera, ni demasiado bajo porque la espuma del mar mojaría las alas y no podría volar, pero el joven comenzó a ascender, se sintió dios. El sol ablandó la cera que mantenía unidas las plumas y éstas se despegaron. Ícaro agitó sus brazos, pero no quedaban suficientes plumas para sostenerlo en el aire y cayó al mar.

 

Ambrosía

Ingredientes: 750 gramos de azúcar, 12 yemas, 2 claras, 1 taza de leche, 70 gramos de almendras, 1 cucharadita de esencia de vainilla, 1 chupito de coñac, 1 taza de agua.

Preparación: Elaboramos un almíbar (punto hilo) con el azúcar y el agua. Retiramos del fuego e incorporamos la esencia de vainilla y el coñac. Aparte, batimos las claras con las yemas hasta que espumen. Volvemos a llevar el almíbar sobre fuego medio; añadimos la leche y la preparación de huevos, sin dejar de revolver, y sumar las almendras picadas. Continuar cocinando hasta reducir el líquido, y que se obtenga una consistencia y aspecto de crema cortada. Servir la ambrosía en copas, dejar enfriar en heladera, y servir.

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