Opinión

Cocina Gallega: Los poetas no mueren

Manuel Corral Vide | 25 de enero de 2021

Los poetas no mueren, mientras alguien los lea. Recordar es dar vida, y en la columna de hoy pretendo, precisamente, recordar a un poeta. Conocí personalmente a Rodolfo Alonso en una oficina del Centro Gallego de Buenos Aires, cuando le hice una entrevista para la revista ‘Xa’, que yo dirigía. Habló, en esa ocasión, de ‘Tango del gallego hijo’. Alonso era, en ese entonces, director de la revista ‘Galicia’ de la malograda institución, publicación a la que le había dado un nivel de calidad gráfica y de contenido inigualable. Pero a los poetas se los conoce cuando se los lee por primera vez, y eso había sucedido décadas antes, cuando llegó a mis manos la revista ‘Poesía Buenos Aires’, que se publicó entre 1950 y 1960. El grupo responsable de la edición contaba, entre otros, con Raúl Gustavo Aguirre, Edgar Bayley, Mario Trejo, Francisco Urondo, Alberto Vanasco, Rubén Vela, y un jovencísimo Rodolfo Alonso. Carlos Giordano (Universitá della Calabria) en un breve ensayo sobre Poesía Buenos Aires, escribió: “significó en su momento un ejemplo de rigor, honradez y desinterés intelectual y artístico. Significó, sobre todo, un intento de salvar la distancia entre la literatura y la vida, sin renunciar a la calidad de aquella, y sin negarse a la comprensión de ésta. Aspiró a la inteligencia de la poesía, y a esa inocencia que nos permite el asombro, la confianza en el Hombre”. Se refiere Giordano a la publicación, pero sin duda, para quienes conocieron la vida y trayectoria de Alonso podría describir su vida, la vida de un hijo de inmigrantes gallegos, humilde, coherente, trabajador, generoso, como traductor, editor, poeta, colaborador de innumerables publicaciones, incluyendo este semanario.

Tal vez por la manía introspectiva que destaca en buena parte de nuestra colectividad, la que llevó a mantener una política de puertas cerradas en ciertas instituciones (muchas de ellas desaparecidas o inactivas), y no destacar labores destacadas de muchos inmigrantes e hijos  que sí son valorados en la sociedad argentina y en el mundo, nadie espabiló ante una trayectoria tan dilatada y destacada de nuestro poeta (cuyos libros fueron publicados en Argentina, Bélgica, Colombia, México, Venezuela, Francia, Brasil, Italia, Cuba, Chile, Inglaterra, y, por supuesto Galicia). La editorial del paisano que recordamos, ‘Rodolfo Alonso Editor’, llegó a publicar casi 300 títulos, con autores como Ernesto Sábato, Vicente Zito Lema, Pedro Orgambide, entre muchos otros.

En la parroquia de la diáspora las distinciones se dan puertas adentro, entre un círculo reducido de cofrades de asistencia perfecta. Esto me recuerda a otro hijo de inmigrantes pobres: Roberto Arlt. Su padre Karl Arlt, prusiano, y Ekatherine Lobstraibitzer, austrohúngara. En la casa del talentoso periodista y escritor se hablaba alemán. Como periodista, se hizo famoso con una columna en el diario ‘El Mundo’ titulada ‘Aguafuertes porteñas’. Allí retrataba como nadie tipos y hechos de su ciudad    que atrapaban al lector con su incisivo realismo. A Arlt le costó ser aceptado por el mundillo intelectual de la época. Pero, ¿qué relación puede tener Arlt con Alonso? Puede sorprender, pero ni más ni menos que una tierra mágica y sus emigrantes: Galicia.

Encontré el libro al que haré referencia, en una de las librerías de usados de la calle Corrientes, hace unos cuantos años. Me llamó la atención, sin duda, el título ‘Aguafuertes gallegas’ de Roberto Arlt, porque había leído algunas ‘Aguafuertes porteñas’ del escritor argentino, pero desconocía su viaje como corresponsal por España, llegando a Galicia. El librito, aunque calificado como “edición descuidada” por una investigadora, me permitió conocer el punto de vista argentino, con cierta perspectiva, sobre la situación de nuestra tierra en 1935, la emigración, y los olvidos recíprocos. El libro en cuestión, Edicions do Castro (1997), fue prologado por Rodolfo Alonso, quien seguramente tuvo en cuenta la necesidad de divulgar ese material, aislado del resto de la obra de Arlt. En él se puede leer, por ejemplo: “Nuestro desapego por el trabajo físico, es tan evidente que de él ha nacido la desestima que cierto sector de nuestro pueblo experimenta hacia la actividad del gallego. Convertimos en síntoma de superioridad la falta de capacidad. Razonamos equivocadamente así: «Si el gallego trabaja tan brutalmente, y no le imitamos, es porque nosotros somos superiores a él». En este disparate, índice de nuestra supuesta superioridad, nos apoyamos para hacerle fama al gallego, de bruto y estólido, sin darnos cuenta que esa superioridad es, precisamente, síntoma de debilidad. Visitemos una aldea gallega, de los alrededores de Vigo, Persibilleira, Panjon, La Bouza, Corujo. El gallego trabaja en piedra. No en ladrillo. No en madera: piedra”.

En mi columna del 2/9/2019 escribí: “La República del viento, un país sin memoria’, es el título de un libro de Rodolfo Alonso (gallego hijo y colaborador de este periódico), editado en Buenos Aires por Leviatán, en 2006. Lo estoy releyendo en estos días de incertidumbre, y parece escrito para esta coyuntura histórica que sufrimos aquí, y allí, una vez más. Ya en el prólogo, el prestigioso poeta, ensayista y traductor, escribe: “Al eterno retorno que presagia el refrán ‘El pueblo que no recuerda su historia está condenado a repetirla’, acaso podríamos añadirle en nuestro caso el retoque marxiano: que la historia se reitera como farsa, ya no como tragedia. Aunque, acaso por eso, no menos dolorosa. (…) La ilegitimidad (es decir, la introspección culpable de una ajenidad tan supuesta como irrefrenable) y su negación, podrían estar acaso en el fondo de tantas desdichas sociales argentinas”.

Los poetas no mueren, basta releerlos, una y otra vez.

 

Orejas con miel

Ingredientes: 400 grs. de harina, 2 huevos, 1 copita de anís,  100 grs. de manteca,  1 vaso de agua (o leche),  sal, aceite para freír,  miel,  azúcar impalpable (opcional).

Preparación: Mezclar la manteca con el agua templada, añadir los huevos, la sal y el anís. Incorporar la harina poco a poco, y amasar muy trabajada. Dejar reposar en la heladera. Estirar sobre una mesada con harina, cortar en triángulos (o forma de oreja) y freír en abundante aceite no muy caliente hasta que se doren. Servir cubriendo con miel, y azúcar impalpable.

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