Opinión

Cocina gallega: Las Pascuas del emigrante

Las Pascuas del emigrante pueden deparar sorpresas. La mayoría de las festividades, en realidad, si el país de acogida está en el hemisferio sur. Navidad en verano y Pascua en otoño, por ejemplo. Como es sabido, el cristianismo superpuso muchas de sus fechas emblemáticas, a las observadas por los pueblos paganos, que, más sabios, se guiaban por los ciclos de la naturaleza. El 25 de diciembre los romanos celebraban el Natalis Solis Invictio (nacimiento del sol invicto), asociado al dios Apolo; también, pero durante siete días incluyendo el solsticio de invierno, se llevaban a cabo las Saturnalias, en honor a Saturno; suspendían negocios y guerras, se intercambiaban regalos, y liberaban por ese periodo a los esclavos. Los celtas y germanos el 26 de diciembre celebraban el nacimiento del dios Frey, y adornaban un árbol de hoja perenne que representaba al Yggdrasil, o árbol del Universo, costumbre que derivó en nuestro conocido árbol de Navidad.

De este lado del océano pero en el hemisferio norte, los aztecas festejaban el advenimiento del dios del sol y la guerra, Huitzilopochtli, entre el 7 y el 26 de diciembre. Curiosamente, los incas, en el solsticio de verano, recordaban el renacimiento de Inti, el dios del sol. Mucho antes del año 325, cuando se estableció la fecha para la Pascua de Resurrección, que no debía coincidir con la Pascua judía y celebrarse un domingo, vikingos, íberos y celtas rendían culto al  Equinoccio de primavera, tiempo de renacimiento y de luz. Prácticamente todas las civilizaciones tenían en cuanta los cambios de estación para sus fiestas más importantes. Los europeos que llegaron a países debajo de la línea del Ecuador, vieron que en verano se celebraba al invierno, y viceversa. Claro que si tenemos en cuenta que para los judíos el Pesaj es recordatorio de su éxodo a la tierra Prometida, haciendo una suerte de analogía, a los inmigrantes que llegaban en pos de la tierra de promisión, poco les importaría un leve anacronismo festivo, ni comer platos propios del invierno con 40° de calor, si finalmente sentían que habían encontrado su lugar en el mundo, aun a costa del incurable dolor de lejanía, la morriña y la herida siempre abierta en el corazón de todo desterrado.

En un sentido estricto, la epopeya individual de todo migrante se reduciría a una búsqueda de la tierra merecida. Un renacimiento lejos de la madre tierra, el terruño natal del que es expulsado (nadie emigra porque sí). La esperanza de un improbable regreso ante los fuertes lazos que van tejiendo hijos, nietos, y su propio voluntario arraigo al país de acogida. Añora siempre sus comidas y su paisaje, su aire y la lluvia, la música y los aromas del prado o la ciudad. También los seguidores de Moisés, que escapaban de la esclavitud en Egipto, añoraban la comida estando en medio del desierto, aborrecían el legendario Maná bíblico recordando las ollas de carne, pan en abundancia, pepinos, cebollas, puerros, melones, y ajos. Los científicos no se ponen de acuerdo para identificar qué alimento real sería el Maná, pero todos los emigrantes sabemos que, sazonado en la memoria, el mendrugo de pan más duro, probado en la patria, se convierte en manjar deseado, el jurel más pequeñito en bacalao de Noruega, y el contenido del Pote en delicias del Paraíso.

Castelao calificaba la morriña como “el remordimiento de haber desertado de la patria”. Contradictorio sentimiento de culpa por haberse ido de una tierra, que por diversas razones, expulsó a sus hijos. Alberto Sarramone, en su libro ‘Nuestros abuelos gallegos’, escribió: “Si algún fruto obtuvo el gallego en su propia tierra fue a costa de un enorme trabajo sobre ella, ya que la renta era ajena, retenida por otras clases: la señorial, y en lo principal, la eclesiástica, desde las abadías a los obispados, con predominio de los monasterios”, y citando a Otero Pedrayo, añade: “La Iglesia formó a Galicia, sus ciudades y, sobre todo, sus campos nutricios, obedientes a las campanas canónigas”. Campanas que tocaban alegres en domingo de Pascua Florida, allí lejos, tan cerca que aturden y no dejan oír. Hubo un tiempo en que las tres religiones, judía, cristiana y musulmana, convivieron en la península Ibérica. Las tres celebraban a su manera el renacimiento y la renovación, Pesaj, Pascua, Idu al-Adha (fiesta del sacrificio). Pero mucho antes, en todo el planeta los humanos vivían observando atentos el cambio de las estaciones. Cuando la naturaleza era un bien mayor a proteger, trascendiendo religiones e ideologías. Nosotros, concluyendo esta crónica, vamos a la cocina con unas torrijas, típicas de Semana Santa, pero con indudable influencia árabe o safaradí (que las llamaban “revanadas de parida” en ladino).

En Galicia también aludimos a  la costumbre antigua de elaborarlas para darlas a las parturientas, y favorecer su lactancia, llamándolas “torradas de parida”. Marco Gavio Apicio, el gastrónomo romano del siglo I, en su ‘De re coquinaria’ describió dos recetas que podrían ser antecedente de nuestras torrijas. Lo dicho, para convivir, la mesa.

Torrijas

Ingredientes: 6 rebanadas de pan del día anterior2 huevos, aceite para freír, leche, 1 cucharadita de esencia de vainilla, azúcar, canela.

Preparación: En un una fuente mezclar la leche, azúcar y la vainilla. Poner las rebanadas de pan. Aparte, batir los huevos. Calentar el aceite. Pasar el pan embebido en leche por el huevo cuidando no se rompa. Cuando doren las dos caras, depositar en papel absorbente. Servir espolvoreando azúcar y canela por encima. Hay quien prefiere reemplazar el azúcar por miel.

 

 

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