Opinión

Cocina Gallega: La civilización del grito

Manuel Corral Vide | 14 de diciembre de 2020

La civilización del grito, la era del grito, o la generación sin memoria, tal vez sean los nombres que los historiadores del futuro pongan a esta sociedad en que vivimos, ahora mismo, en pleno siglo XXI. Concentrándonos en el tema alimentación, y coincidiendo con los investigadores que afirman ‘cocinar hizo al hombre’ (Faustino Cordón), o ‘la palabra nació a partir del hecho de cocinar’, sin duda estaremos de acuerdo en que estamos involucionando de manera acelerada hacia el individualismo más atroz, y el mutismo. Cada vez comemos más lo que no cocinamos, y utilizamos menos términos para hablar. Incomprensible, si analizamos que comunicarse fue un valor añadido de los primeros humanos en relación a los demás animales del planeta; evolucionar desde el grito y la onomatopeya a la palabra, les permitió realizar tareas en conjunto para cazar y protegerse, y luego no solo hablar sino escribir para transmitir ideas, con signos abstractos que fueron consensuados por el grupo social como válidos, y les permitió fijar para las nuevas generaciones historias, creaciones, inventos y códigos de convivencia que, con errores y correcciones, nos llevó a lo que llamamos todavía civilización. Hablar, escribir, crear música, cocinar, entre otras, pasaron a ser actividades inherentes a lo humano, su esencia. Volver al grito como forma de comunicación es involucionar; acallar al Otro, no oír lo que dice, evitar el dialogo, es empobrecer las ideas propias, convertir los sonidos de una sinfonía en monótonos golpes contra un tronco caído. Tirar al cesto de desperdicios todo vestigio de cultura universal. El lenguaje es la base del pensamiento, pero es también el elemento que permite la socialización. Solo los humanos pueden hablar, y solo nosotros tenemos un sistema de signos abstractos tan complejo para comunicarnos.

Olvidamos que al principio de los tiempos históricos, la debilidad física de los cavernícolas solo se podía equilibrar con la de los grandes animales, por la fuerza del grupo; la horda unida, con una división de tareas asignadas previamente por aquellos cazadores, nuestros antepasados, suplía la falta de garras y colmillos. Por supuesto que los grupos nómadas de Homos erectus, a diferencia de los humanos urbanos actuales,  tenían un profundo conocimiento de su ambiente, y  sabían qué plantas, cuándo y dónde crecían, y las características de los animales que cazaban. Todas estas actividades indispensables para sobrevivir en un medio hostil, la creación de hachas y cuchillos, la rueda y otros artilugios, fomentó el crecimiento del cerebro. Hace casi 800.000 años se controló el fuego, que fue utilizado en principio para proporcionar luz y calor en las cavernas, y ahuyentar animales salvajes; cuando finalmente asaron, la carne de caza se hizo más comestible, eliminó bacterias, permitió descargar el aparato masticador, los dientes se redujeron más deprisa que la mandíbula y dio al rostro humano su aspecto actual. Todo por la adopción de un simple método de cocción: asar, al que siguió el de cocer, guisar. Así que podemos decir que el habla, la división del trabajo, la cocción y reparto de la comida, fueron, mancomunados, los que impulsaron el proceso evolutivo de nuestros antepasados primates. Un enorme esfuerzo de millones de individuos para concluir en lo que somos, hijos de la revolución informática,   desorientados, con muchas habilidades manuales perdidas, delegando funciones esenciales en la tecnología, a merced de posverdades propias y ajenas, y sin conocimientos directos de los alimentos que consumimos, alejados de la naturaleza y pensando que la celebración del solsticio de invierno (convertido en Navidad) es para comprar y regalar todo tipo de productos en honor a Don Dinero. Decía Plinio en su Historia Natural que no hay nada cierto más que la incertidumbre, y nada más soberbio que el hombre.  Se ha llegado a decir que si pudiésemos extrapolar a un hombre de nuestra época, de un coeficiente intelectual medio, a la época clásica griega este sería el tonto del pueblo; y a la inversa, si viviera hoy entre nosotros un hombre con coeficiente intelectual también medio de la época helenística, sería el mayor de los superdotados. Se está creando un nuevo analfabetismo que ya no consiste sólo en no saber leer y no saber escribir, sino en no saber hablar. Distraídos, atentos a las modas y la modernidad que nos llevan a vestir todos iguales, usar las mismas frases, el mismo móvil, ir a restaurantes para que nos vean, sumar seguidores en las redes y ventilar intimidades para ‘existir’, dejamos que todo suceda sin comprender que no hay nada más inhumano que las tendencias creadas por la industria para vender sus productos.

Vamos a la cocina con una frase de Picasso: “La moda es la última piel de la civilización”, ya que sus pinturas reflejaron fielmente este mundo moderno, nuestra civilización del grito.

 

Habas con jamón y huevos

Ingredientes: ½ kilo de habas verdes, 1 cebolla, 3 dientes de ajo, 150 gramos de jamón serrano, 4 huevos, aceite de oliva, ramitas de perejil, chorrito de vino blanco.

Preparación: Blanquear las habas (sin las vainas) y sacarles la piel gruesa. Picar la cebolla y los ajos, rehogar en aceite de oliva junto con las habas. Salpimentar. Añadir el jamón en cubos pequeños, y el vino blanco. Dejar a fuego suave hasta que estén hechas las habas. Aparte, freír los huevos. Disponer en cada plato las habas con jamón y los huevos.

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