Opinión

Cocina Gallega: La casita en el cielo

Manuel Corral Vide | 13 de septiembre de 2021

La casita en el cielo, el sueño cumplido de un inmigrante, es un icono, y para muchos un misterio, ubicado en la terraza de un edificio de nueve pisos en pleno centro porteño. El “chalecito de la 9 de Julio o del obelisco”, como se lo conoce popularmente, intrigó a muchas generaciones de porteños y visitantes, asombrados por esa misteriosa casita construida en 1927, antes de la construcción del obelisco y el ensanche de la avenida 9 de Julio. En estos días es noticia por la posibilidad de que, a 94 años de su inauguración, sus descendientes lo conviertan en un polo cultural. De hecho, en 2014, el inmueble fue declarado patrimonio cultural de la Ciudad de Buenos Aires, por lo que no puede ser modificado sin previa intervención de la Secretaría de Cultura. Actualmente, el lugar conserva algunos de sus objetos personales y muebles de época. En el techo quedan algunas arañas de principios de siglo y todos los pisos originales de cerámica en el primer piso y en el altillo. El artífice de esta insólita imagen porteña fue Rafael Díaz, un inmigrante valenciano que llegó a principios del siglo XX, sin nada material, y el deseo de muchos: “hacer la América”. Con alma de vendedor comenzó en el comercio de telas; se cuenta que, en los primeros tiempos, en una mercería de la calle Chacabuco se quedaba a dormir junto al mostrador (¡cuántos gallegos y asturianos hacían lo mismo en los bares donde trabajaban para ahorrar dinero!). Cuando tuvo la oportunidad de abrir su local, cambió al rubro de venta de muebles, y fue pionero en ofrecer créditos personales, y por catálogo, a todo el país. Mueblería Díaz pronto se convirtió en un éxito. Visionario, se asoció con una constructora que vendía chalets para que los clientes recibieran su casa totalmente amoblada.

La casita en el cielo fue pensada por don Rafael, como lo llamaban empleados y clientes, como un lugar de descanso durante el mediodía, ya que vivía en Banfield y el viaje de ida y vuelta le insumía mucho tiempo. Allí, en la altura, puso un cartel con la frase ‘Muebles Díaz, la casa del chalecito’, un hallazgo según los publicistas, por el mensaje simple y directo. En ese tiempo, también estaba allí la antena de lo que había sido LOK Radio Muebles Díaz, un gusto que el dueño del edificio se había dado en 1929. Aquella emisora transmitía música y difundía las ofertas de la mueblería. Es decir: más publicidad con poco costo. Recién en 1930, cuando se empezó a regular el servicio de radio, esa frecuencia que estaba en el 630 del dial, se convirtió en Radio Rivadavia. Claro que los estudios no estaban en el entonces famoso chalet, que seguía siendo territorio exclusivo de don Rafael. Según Diego Sethson, uno de sus bisnietos, Don Rafael era amante de Mar del Plata, y se inspiró en los chalets de esa ciudad balnearia para “su casita”. Su estructura es simple: tiene dos pisos y un altillo. Su diseño estaba inspirado en el estilo Normando nacido en Francia. El techo fue realizado a dos aguas y con una marcada inclinación. Dueño de una gran fortuna, Rafael Díaz falleció en el año 1968, y en la década del 70 sus herederos decidieron poner en alquiler los pisos del edificio que habían sido parte de la mueblería, y hasta alquilaron el chalet, que se convirtió por un tiempo en el estudio de un fotógrafo. También funcionó como comedor de las oficinas. Ahora, los descendientes tienen en mente “un proyecto para reconvertir las oficinas en distintas opciones que incluyan propuestas culturales”. Sin duda, aquel pobre inmigrante que prosperó con esfuerzo e ideas innovadoras, estaría muy feliz al saber que su casita cerca del cielo se mantendrá como símbolo de un sueño hecho realidad.

La historia, desde la perspectiva de estos tiempos marcados por las crisis económicas y la incertidumbre, parece increíble. Pensar que alguien que desembarcara en el puerto de Buenos Aires, con lo puesto, y muchas veces sin una profesión y poca instrucción, pudiera en una o dos décadas, no solo tener un buen pasar, sino consolidar una fortuna, construir edificios ahora emblemáticos, es ciencia ficción. Pero allí están, como la casita mencionada, muchas obras edilicias mostrando su esplendor, algunas transformadas en museos, embajadas, aunque no pocas hayan caído por obra de la piqueta del “progreso”. Como un ejemplo de muchos, aunque fue obra del colectivo de españoles inmigrantes, podemos mencionar la mutilación del edificio original del Hospital Español. En un manifiesto publicado en la revista Summa, y recuperado por el arquitecto e investigador Roberto Bonifacio, en 1968 el arquitecto Francisco Bullrich escribió consternado sobre la mutilación del edificio: “Se llevó a cabo contra la cultura nacional un atentado irreversible del cual somos responsables, algunos de hecho, otros por omisión y todos en realidad por ignorancia. El edificio del Hospital Español, la obra más significativa de la arquitectura argentina y eventualmente sudamericana de la primera década del siglo, estaba siendo demolida sin que se alzara ni una sola voz de advertencia, no digamos ya de protesta. El hecho demuestra que somos una nación sin memoria”. No perder la Memoria, proteger y conservar el patrimonio tangible e intangible referido a la inmigración, es deber insoslayable de la colectividad, y las autoridades de España y Argentina.

Pastel de salmón

Ingredientes: 600 g. de salmón fresco u otro pescado a elección, desespinado, 3 cucharadas soperas de salsa de tomate, 1 cebolla, 4 huevos, 200 ml. de crema, sal, pimienta, aceite de oliva.

Preparación: Lo primero que vamos a hacer es, en un bol, mezclar los huevos, la crema, el tomate, sal y pimienta. Por otro lado, picamos la cebolla y en una sartén con aceite doramos. Incorporamos a la mezcla de huevos. En la misma sartén donde hemos dorado la cebolla salteamos muy ligeramente el salmón. Una vez listo, desmigamos. Añadimos a la mezcla del pastel y vertemos en un molde tipo terrina engrasado y apto para horno. Horneamos al baño María a 180º C durante unos 40 minutos, hasta que el pastel esté bien cuajado. Dejamos enfriar y desmoldamos.

 

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