Opinión

‘Viejo Tanguero’ y los orígenes del tango

“Cuando no existen documentos ni testigos, la reconstrucción de un hecho es siempre imaginaria. Supongamos un bailongo cualquiera de la orilla o simplemente un fogón donde pasar las horas hasta emprender la marcha con las primeras luces. El personaje, un musiquero de buen oído que entretiene a quienes lo rodean con los acordes de un violín, un clarinete viejo o una guitarra de cuerdas muy sobradas”, escribe el gran poeta y ensayista argentino Horacio Salas en su obra El tango, Editorial Planeta Argentina, Buenos Aires, 1ª edición, agosto, 1986, al inicio de su primer capítulo ‘Baile macho, debute y milonguero’.

Si continuamos escenificando el cuadro porteño, una persona solicita un tango y entonces silba algunos compases escuchados en un “baile de negros”, mientras realiza algunas contorsiones en plan de burla. Este ritmo al musiquero le hace recordar el aire de “habanera”, tal vez porque este compás es el que ofrece más “en dedos”. ¿Cuál es el fruto? La respiración de esa música llegada desde hace bastante tiempo de la geografía caribeña. Hay, de pronto, un oyente que discretamente corrige. ¿Su tarareo? Suena, sobre todo, a una “milonga”. Un hombre de buena memoria retorna a tocar ese “híbrido”. Esa versión empieza a metamorfosearse. “Es como un juego –señala Horacio Salas– donde los jugadores ignoraran que han dado comienzo a un mito”.

El 22 de septiembre de 1913 un anónimo cronista firmó en el diario Crítica –bajo el seudónimo “Viejo Tanguero”– una síntesis de la historia del tango, citando dos nombres de aquellos “musicantes” pioneros: el violinista Casimiro Alcorta, ‘El Negro’, “el primero en hacer conocer sus tangos”; y el “Mulato Sinforoso”, “un clarinete que ya tocaba solo de tanto empinar ginebrones”. El hecho es que, hacia la mitad de los años 70 del siglo XIX –brumosa fecha– habrían brotado esos primeros “híbridos”, aún confundidos con habaneras y milongas, candombes o tangos andaluces, en una época sin rasgos distintivos en la Argentina.

Si ahora evocamos la historia de la nación, es preciso aludir a la derrota de Ricardo López Jordán –último caudillo federal alzado en rebelión contra el gobierno porteño– que tuvo como escenario los campos de Don Gonzalo en diciembre de 1873. He ahí el postrer rescoldo del dilatado “pleito” entre Buenos Aires y el resto de las provincias que empapó de sangre el país desde los días de la Independencia. En aquella batalla el ejército nacional, el cual durante los últimos diez años aniquiló a las “montoneras” de los generales Ángel Vicente Peñazola, primero, y de Felipe Varela, un poco después, determinó un estreno como arma mortífera: el “rémington”. Ese fusil de “repetición” anuló en inútil arrojo el esfuerzo de los doce mil hombres comandados por el entrerriano López Jordán, entre quienes, por cierto, se hallaba José Hernández, reciente autor de la epopeya gauchesca Martín Fierro.

El escritor Horacio Salas –nacido en 1938 en la capital porteña– nos ilustra con el contexto histórico en que la música tanguera tuvo su génesis y desarrollo. El tiempo insuficiente (1962) fue su primer libro. Publicó después varios títulos de poesía, entre los que figuran Memoria del tiempo (1966) y Cuestiones personales (1985). Y el célebre Homero Manzi y su tiempo (1968).

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