Opinión

‘Viaje a Italia’, obra de Johann W. Goethe

 

“A las tres de la madrugada salí de Karlsbad a hurtadillas, porque de otro modo no me hubieran dejado partir. El grupo de personas que el 28 de agosto habían insistido en celebrar mi cumpleaños de una manera muy cordial creían haber adquirido así el derecho de retenerme, pero yo ya no podía retrasarme más. Subí a una silla de posta sin más equipaje que una bolsa de paño y una mochila de piel de tejón, y a las siete y media de una mañana nublada, bella y apacible llegué a Zwota. Las nubes altas eran alargadas y algodonosas; las inferiores, más pesadas. Esto me pareció un buen presagio. Después de un verano tan malo esperaba disfrutar de un otoño agradable. A las doce llegué a Eger, el sol lucía con intensidad; me acordé entonces de que este lugar se halla a la misma latitud que mi ciudad natal, y me llenó de alegría almorzar de nuevo bajo un cielo despejado en el paralelo 50”, escribe el inconmensurable escritor Johann W. Goethe en la primera página de su Viaje a Italia, en traducción de Manuel Scholz Rich, Ediciones ‘B’, Barcelona, 2001, en la colección ‘Los libros de Siete Leguas’.

“Yo también en la Arcadia” subtitula Goethe a su libro, traduciendo aquel “Et in Arcadia ego” del universo clásico de la mitología de la Grecia poético-pastoril. “De Karlsbad al Brennero” titula su primer capítulo. Después vendrán “Del Brennero a Verona”, “De Verona a Venecia”, “Venecia”, “De Ferrara a Roma”, “Roma”, “Nápoles”, “Sicilia” y de nuevo “Nápoles”.

Además de su libro Poesía y verdad, esta obra titulada Viaje a Italia es el otro inefable texto autobiográfico de Goethe, en el cual nos obsequia con el relato de uno de los períodos más significativos de su existencia: la estancia de un año y medio en Italia. Este hermoso periplo –la doble estadía en Roma así como el itinerario hasta Sicilia–hizo posible este acervo de apuntes que, una vez tejidos en el volumen que comentamos, no se publicarían hasta cuarenta años después.

Despuntando merced a tales anotaciones, el célebre poeta y filósofo describe concienzudamente –revelándonos su estilo literario de suprema belleza y lirismo– los lugares, habitantes y costumbres de los pueblos y ciudades que tuvo el privilegio de recorrer, al igual que los palacios, catedrales e iglesias, incluyendo obras de primera magnitud tanto de la arquitectura como de la pintura y escultura.

Apasionada y reflexivamente, Goethe nos confiesa que fueron acaso los años más felices de su vida. Peregrinaje a través de las tierras italianas que habrían de reorientar un señalado cambio en cuanto a su pensamiento: el regreso al “clasicismo” y, al mismo tiempo, expresar la liberación de los “sentidos”. “Este viaje maravilloso –nos manifiesta el escritor– no responde al deseo de formarse falsas ideas sobre mí mismo, sino al de conocerme mejor. Cuando llegué aquí no aspiraba a nada. Y ahora sólo persigo que nada siga siendo para mí un mero nombre, una simple palabra. Quiero ver y descubrir con mis propios ojos todo aquello que se considera bello, grandioso y venerable…”. Su segunda estancia en Roma fue de junio, 1787, a abril, 1788, con una inolvidable descripción del “Carnaval romano”.

 

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