Opinión

El viaje de Fray Rosendo Salvado a Australia en el ‘Isabella’

Isaac Otero | 22 de marzo de 2021

“Protección y ayuda la tuvieron total e inmediatamente en aquella casa que les parecía gozar del privilegio de extraterritorialidad. Declararon sus preferencias por las tierras habitadas por salvajes. Y como desde el mes anterior andaba el Rvdo. Juan Brady negociando ciertos asuntos para las Misiones de Australia, de donde procedía, les habló Monseñor Brunelli de la posibilidad de agregarse al misionero británico, con el que les puso al habla”, escribe Santiago Rodríguez R. –maestro de Malvas-Tui– en su obra El Padre Salvado. Un gallego civilizador de Australia, Consejo Superior de Misiones, Madrid, 1944, Gráficas Afrodisio Aguado, calle Bravo Murillo, 31.

Así, pues, Fray Rosendo y Fray Benito Serra no necesitaron más para sentirse desde entonces ajenos a Roma, mientras soñaban con la evangelización en Australia. Ambos benedictinos, merced al Rvdo. Brady, fueron destinados a la división de la diócesis de Sydney. El Papa Gregorio XVI el 5 de junio de 1845 les otorgó audiencia de despedida; tres días después, al anochecer, salían para Civitavecchia, en donde embarcaron en el vapor ‘Istria’, el cual, en dos días de navegación, los condujo a Marsella. Tras peripecias varias, recabado y conseguido el auxilio de la Sociedad de la Propagación de la Fe, partieron hacia París, donde el contagioso espíritu del Padre Rosendo Salvado logró captar numerosos pretendientes a las misiones entre los benedictinos regidos por el Rmo. Padre Abad Fray Próspero Guéranger. El 21 de julio llegó la expedición a Londres y, a los ocho días, salían para el Monasterio Benedictino de Downside, a más de 200 quilómetros al oeste de la capital. Con ahínco estudiaron la lengua inglesa, a la vez que empezaron a relacionarse con jerarquías y sociedades, instituciones protestantes, además de negociantes, exploradores y también explotadores de carne humana.

El 17 de septiembre de 1854 zarpaba, pues, del puerto de Gravesand la fragata ‘Isabella’ con la expedición misionera que el Obispo Sr. Brady capitaneaba, rumbo a Australia. Eran 38 personas, de las cuales únicamente eran españoles los Padres Serra y Salvado. Los restantes eran franceses e irlandeses, salvo un tirolés, un romano y un subdiácono inglés, benedictino. “Habiéndose animado –nos cuenta en sus ‘memorias’– a salir del camarote para dar un vistazo a la deshecha tormenta que sufríamos, caí de bruces en el salón y, arrastrándome como pude, logré agarrarme a la pata de una mesa. Después, siempre a gatas, logré meterme en mi chiribitil, en donde permanecí todo el día inmóvil y como paralítico, con un cruel dolor de cabeza y frecuentes vómitos”. El Padre Rosendo Salvado soñaría con el consuelo de recordar las costas de Galicia…

Tras nueve semanas fondeaban en Ciudad del Cabo. Al día siguiente, el 25 de noviembre de 1845 devolvían la visita que les había hecho a bordo el Ilmo. Sr. Griffith, vicario apostólico de una población “la mayor parte holandesa”, señala el Padre Salvado, “que sólo por la fuerza sufre el yugo de la dominación inglesa, no habiendo podido jamás avenirse con las leyes de aquella nación”. Al cabo de 113 días de viaje, descubrieron la “tierra de promisión”. Al oscurecer del 7 de enero, el ‘Isabella’ echaba el ancla en la bahía de Fremantle.

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