Opinión

Venezuela, la tierra de Bolívar, en la obra de Madariaga

Isaac Otero | 08 de junio de 2020

“Simón Bolívar nació en Caracas el 24 de julio de 1783, vástago de una de las familias más ilustres de la Provincia. Esta provincia, conocida unas veces por Venezuela, otras por Caracas, nombre de su capital, era entonces entidad autónoma del Imperio español de América, gobernada por un Capitán General. Era, pues, Caracas la capital de uno de los reinos de ultramar que, juntamente con los de Europa pertenecientes a la Corona de España, constituían entonces el complejo Imperio español”, escribe al frente del capítulo I, titulado ‘La Tierra’, dentro de la monumental obra historiográfica y bibliográfica, Don Salvador de Madariaga Rojo: Bolívar, Editorial Espasa-Calpe, Madrid, 1951

No sería ocioso recordar que la Capitanía General de Caracas comprendía la provincia de Venezuela, en el centro; el gobierno de Maracaibo al oeste; la Guayana al sur; el gobierno de Cumaná al este, y la isla de Margarita al noroeste. Con el mar limitaba al norte, desde el grado 75 al 62 de longitud oeste; al este desde el 12 al 8 de latitud norte. Asimismo lindaba con la Guayana holandesa y la portuguesa. Al oeste, con el reino de Nueva Granada. Cuando nació Simón Bolívar aún era española la isla de Trinidad, con un gobernador autónomo.

Durante aquella época el país vivía, por decirlo así, en tres fases de civilización. La costa, donde se levantaban sus ciudades, era marítima, comercial y agrícola. Los llanos se hallaban en un tiempo pastoral. Las regiones internas, bosques vírgenes junto a vastísimos ríos, aún vivían en el estado anterior a la Conquista, si bien paulatinamente absorbidos por un calmo proceso de cristianización y civilización, a medida que iban acrecentándose las renombradas ‘Misiones’. En cuanto a la población india, las dos primeras regiones abarcaban de 720.000 a un millón de hombres. De ellos, unos 12.000 eran españoles europeos, hasta 200.000 españoles americanos –es decir, criollos blancos– y el resto indios, negros y mezclas, bien de blanco y negro (mulatos), bien de indio y blanco (mestizos), bien de indio y negro con o sin blanco (zambos).

¿Y si nos referimos a los esclavos? “No pasaban de 60.000, dos tercios de ellos en la región central llamada ‘Venezuela, stricto sensu, o Caracas’. El número de libertos africanos era, pues, muy superior al de los esclavos”, puntualiza el admirado escritor e historiador Salvador de Madariaga. Eran muchos los esclavos dedicados al servicio doméstico, aunque eran muchos más los consagrados a las labores de la tierra, quienes solían ser pequeños propietarios, porque poseían ‘conucos’ que cultivaban el sábado por la tarde y en los días de fiesta que publicaba el calendario católico. Aquellos esclavos que se encargaban del ganado acostumbraban a tener hasta centenares de cabezas de ganado propio. Conviene expresar que el esclavo procedente de las Antillas, que desembarcaba en Tierra Firme, quedaba, ipso facto, libre.

En los llanos habitaban los vigorosos ‘zambos’ entremezclados con mulatos y blancos. ¡Afamados llaneros o ‘gauchos del norte’! Siempre a caballo –ágiles ‘centauros’–, administraban y domesticaban innumerables rebaños de toros y vacas, mulas y caballos: animales que, al igual que los llaneros, vivían una civilización en retroceso hacia la naturaleza desde la civilización paterna.

 

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