Opinión

Venezuela y el árbol genealógico de Bolívar

“Mucha y buena labor se ha hecho ya para desentrañar y sacar a luz las raíces de Bolívar; pero quizá adolezca de excesiva concentración en la línea masculina directa y en el apellido Bolívar. El árbol genealógico, en doce generaciones, con sólo ciento treinta antepasados conocidos, revela nada menos que sesenta nombres distintos, cualquiera de los cuales, a no ser por la costumbre de designar a las personas por el nombre de la línea paterna, hubiera sido posible el del Libertador”, afirma el admirado historiador y, a la vez, escritor Salvador de Madariaga Rojo en su excelente y documentado libro Bolívar, Editorial Espasa-Calpe, Madrid, 1951, Obra completa, tomo I, reedición de 1975.

Ante la legislación, su nombre y apellido fue Simón de Bolívar. En lo que a la sangre atañe, igualmente se hubiera podido llamar Simón Rojas, o Herrera, o Vázquez de Escobedo. Incluso cualquiera de los demás apellidos que por docenas figuran en su árbol genealógico. El linaje de Bolívar –el masculino– es el más señalado, porque es una de las líneas ancestrales de mayor relieve en la familia del Libertador. En 1588 llega a Caracas desde su España natal por medio de Santo Domingo, el fundador de esta rama venezolana de Bolívar. Simón, el primero, y el más célebre después del último. Por entonces el país se encuentra restablecido ya de las tribulaciones de su era correspondiente al reino de los Austrias.

Descubierto por Alonso de Ojeda en 1499 –conocido por los españoles primero como la Costa de Tierra Firme y más adelante como Venezuela–, el territorio había sido coto de aventureros, de navegantes busca-vidas así como de cazadores de esclavos para las Islas. Juan de Ampués, en 1513, consiguió “concesión real” para explorar y pacificar “Curazao, Oruba y Buenaré”. Tras diversas e infructuosas tentativas, Ampués se hizo a la vela de Santo Domingo en 1527 con sesenta hombres. Así fundó Santa Ana de Coro en territorio de indios, quienes lo estimaban mucho debido a su buen proceder y afable trato. Sus éxitos, empero, quedaron eclipsados por la irrupción de los alemanes.

El 27 de marzo de 1528 Carlos V había concedido a dos alemanes “licencia y facultad para descubrir, conquistar y poblar” la costa y las Islas, “eçeptadas las que están encomendadas y tiene a su cargo el factor Juan de Ampués”. Ambos alemanes –Alfinger y Sayler– solicitaron y obtuvieron en 1531 la cesión de sus derechos a los hermanos Welser, banqueros para con quienes adolecía Carlos V de una deuda “crónica e incurable”, en palabras de Salvador de Madariaga. Tal concesión abarcaba el cargo de gobernador de las tierras conquistadas y pacificadas, además del título hereditario de “Adelantado”.

Así, pues, desde febrero de 1529, en que Alfinger se encarga del mando desplazando a Ampués, hasta 1546, cuando los Welser pierden la concesión, los alemanes gobernaron la Costa Firme y sus Islas con mano tan áspera como avara. Porque, ávidos de oro al igual que los españoles, carecían de la fuerza de poblar que acostumbraba a llevar consigo la conquista española, “tan creadora en lo civil como en lo religioso”, a juicio del historiador Salvador de Madariaga.

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