Opinión

Los tangos de Buenos Aires de los primeros tiempos

“Entre los tangos más antiguos suele mencionarse también Dame la lata, que parece pertenecer a cierto Juan Pérez, clarinetista de romerías, quien lo habría compuesto hacia mediados de 1880. El título alude a la ficha –la lata– que la regenta del prostíbulo entregaba a su pupila después de atender a cada cliente y que llevaba señalada la mitad de la tarifa cobrada por el servicio, que era la suma que el rufián recogía puntualmente los días lunes”, asevera el reconocido poeta y ensayista argentino Horacio Salas en su imprescindible obra El tango (ensayo preliminar de Ernesto Sábato), Editorial Planeta Argentina, 1ª edición, Buenos Aires, agosto de 1986.

Como resultado de tal costumbre administrativa vio la luz una copla de carácter anónimo: “Qué vida más arrastrada/ la del pobre canfinflero,/ el lunes cobra las latas,/ el martes anda fulero”. Estimada como uno de los primeros testimonios de poesía en dialecto “lunfardo”, esta copla evidencia el “mal negocio” de un oficio que forzaba a mostrar ostentaciones y exhibiciones de despilfarro. No en vano el proxeneta debía mostrarse como un “petronio” de elegancia y con natural desinterés por la “guita”: habituales cebos para conseguir nuevas “pupilas”.

Preciso es recordar que estas coplas cantadas sobre la melodía de Juan Pérez eran anteriores al “tema musical”, aunque se le adosaron prontamente: “Dame la lata/ que has escondido./ ¿Qué te pensás, bagayo,/ que soy filo?/ Dame la lata/ y ¡a laburar!/ Si no, la linda biaba/ te vas a ligar”.

No faltan autores que resaltan la mención del tango Andate a la Recoleta como uno de los “temas” más antiguos. Se trataría, no obstante, del cambio de título del andaluz Tango de la casera. No olvidemos que “la Recoleta” –aparte del cementerio de idéntico nombre– era un afamado lugar de “diversión”. “Ir a la Recoleta”, escribe el ensayista argentino Blas Matamoro, “significaba irse de juerga; y venir de la Recoleta, estar extenuado por los excesos de la diversión. En todo caso, se hacía referencia a los bailes del barrio de ‘la Recoleta’ (entre ellos ‘El Prado español’, de la avenida Quintana, primer sitio en que se permitió bailar públicamente el tango a parejas de hombres con mujeres) y a las romerías de la Virgen del Pilar, que daban lugar a grandes fiestas populares no precisamente piadosas”.

Evoquemos, pues, aquellas coplas que subsisten en Andate a la Recoleta, de las cuales acaso la más propagada fue: “Andate a la Recoleta/ decile al recoletero/ que prepare una bóveda/ para este pobre cochero./ Sí, sí, sí,/ que Gaudencio se va a fundir./ No, no, no,/ que Gaudencio ya se fundió./ Sí, sí, sí,/ que esta noche me tocó a mí./ No, no, no,/ que mañana te toca a vos”.

He ahí cómo los títulos de los tangos de los primeros tiempos evidenciaban el “ámbito prostibulario” en que acostumbraban a interpretarse. Ora picarescos, ora pornográficos, los ejemplos aluden a los órganos genitales, a características físicas de las prostitutas de un concreto burdel, incluso al propio coito. Mencionemos así, La franela, Sácamele el molde, Con qué trompieza que no dentra, El serrucho, Siete pulgadas, Cachucha pelada, entre otros.

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