Opinión

Tangos andaluces y tangos rioplatenses, según Blas Matamoro

Continuando con nuestro periplo tanguero original, consideramos que entre aquellos elencos líricos o teatrales solía ser normal que –fuera del escenario donde las audacias eran lógicamente manifiestas– se exhibiesen distintas novedades. Es el caso de los bailes de moda o las canciones de mayor fama en el llamado “Viejo Mundo”. De suerte que se entonaban “letrillas” de índole picaresca; también se ensayaban alguna que otra “figura” del flamenco, habitual todos los días o, por mejor decir, todas las noches en las “tablaos” de las ciudades y pueblos de Andalucía.

Por ello no causa extrañeza que hacia la mitad del siglo XIX se conocieran en el Río de la Plata. Idéntico “tango” al cual el Diccionario de la Real Academia Española –edición de 1852– definiera como “bailes de gitanos”. Tal inclusión lingüística posee coincidencia –así nos lo recuerda el escritor y ensayista argentino Blas Matamoro en sus páginas acerca de la génesis del tango– con “la aceptación en los teatros madrileños” de “tangos” entre los bailes y “romanzas” admitidas en los escenarios. El tangófilo Carlos Vega explicó en su día aquel “tango” que arribó al Río de la Plata: “Constaba el texto de varias cuartetas de hexasílabos, octosílabos o alternativa de éstos con pentasílabos. La guitarra acompañaba a los cantes mediante un rasgueo invariable y después del estribillo oíase un breve interludio punteado, la falseta. También se bailaba, al principio, una mujer sola; luego, por una o más parejas. Hombre y mujer, frente a frente, marcaban el ritmo con las pies, semigirando y haciendo castañetas con los dedos”.

Si deseamos mostrar algún ejemplo de aquel espíritu que albergaban las letras de los primitivos “tanguillos” hispanos, podríamos espigar estas coplas recogidas en Cádiz y en diversos puertos por el folclorista José Carlos de Luna: “Con los músicos, chiquilla,/ poquita conversación/ porque siempre están pensando/ en el dorremifasol”. O bien aquella: “De la niña qué/ De la niña, na./ ¿Pues no dicen que?/ Dicen, pero cá”.

El historiador y ensayista Blas Matamoro –tantos años residiendo en Madrid entre libros y conferencias culturales y artísticas– es reconocido por su obra La ciudad del tango (tango histórico y sociedad), Ediciones Galerna, Buenos Aires, 1969, con su 2ª edición ampliada de 1982. Autor asimismo de Carlos Gardel, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1971. Imprescindible estudio el de “Orígenes Musicales” de su libro La historia del Tango, tomo I, Ediciones Corregidor, 1976. Sin olvidar su Historia del tango, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1971.

“Numerosas habaneras llamadas tangos, en el sentido andaluz de la palabra, circulan por Buenos Aires a nivel folclórico: es decir, de boca en boca, entre 1850 y 1900: el ‘tango del café’ y el ‘tango de la morena trinidad’, de Nieto. El ‘tango del automóvil’ y el ‘tango de la estrella’, de Valverde. Los tangos ‘de la casera’, ‘de los sombreritos’, del ‘morrongo’, ‘de los viejos ricos’, ‘de los merengazos’, ‘de la vaquita’. “Entre las recuperaciones de Vega –afirma Blas Matamoro– se cuentan: ‘Al salir los nazarenos’, tradición oral, y ‘Detrás de una liebre iba’, grabado en disco de fonógrafo”.

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