Opinión

El tango ‘Sur’: letra de Homero Manzi y música de Aníbal Troilo

Isaac Otero | 05 de febrero de 2018

“Desde la barranca de Boedo hacia el sur, se presentían Pompeya y Puente Alsina, con sus portones y sus chimeneas y sus inundaciones; y hacia el norte, el último pedazo de Almagro, escenario de José Betinotti, el pequeño muchacho zapatero que inventó, vaya a saberse cómo, la primera canción de Buenos Aires. Y al otro lado, Cochabamba arriba, las calles anchas y los árboles verdes y hasta retazos de alfalfares y quintas misteriosas. Y por San Juan, ganando río, el San Cristóbal bravo, lleno de mostradores y de escudos de comité y de canchas de taba y de peleas a cuchillo”, así le hablaba un día de 1947 el gran poeta y compositor de tangos Homero Manzi a su invariable compañero y amigo Francisco García Jiménez, el tangófilo y ensayista, y que él mismo incluye en su ineludible obra Así nacieron los tangos, Ediciones Corregidor, Buenos Aires, 1980.

Por esa época Homero Manzi estaba ya hilvanando las estrofas de un tango que llevaría por título Sur, una de las joyas imprescindibles de la historia musical porteña. “Y a los cuatro rumbos, casas sin salas y corredores profundos y huecos sembrados de vidrios y latas y de hombres traídos por los mares y mujeres con pañuelos atados a la cabeza y muchachos argentinos que estaban fundando, sin saberlo, al hijo nuevo de la patria vieja. Y tal vez, este mismo cielo, esta misma mañana y las estrellas de siempre y el mismo calor de barrio y un amor parecido entre sus gentes sencillas”, proseguía emocionadamente el inefable Homero Manzi.

Homero Manzi –apócope de su verdadero apellido Manzione– no era hijo de Buenos Aires, sino de Añatuya, provincia de Santiago del Estero. Transcurridos los años, su numen lírico nació en la cosmópolis porteña, avecindado en el barrio de Nueva Pompeya y educado en las aulas del inolvidable colegio denominado de “los Luppi”.Ya adolescente, fiel seguidor de Don José González Castillo, “prohombre de la barriada”. En su cenáculo se afianzó en su vocación artística: abandonó su profesión docente y después los estudios de la carrera de Derecho, cuando lo expulsaron de la Facultad por adscribirse a los rebeldes “estudiantes de alpargatas” que en 1930 desfilaban por la calle Florida, a fin de resaltar distingos respecto de otro tipo de calzado que imperaba “de facto” entre los gobernantes del país.

A fines de 1947, Homero Manzi y Aníbal Troilo –nacido en 1914 para fallecer en 1975–, eran físicamente dos “gordos” que retocaban los postreros compases del tango Sur. Ambos, letrista y músico, vibraban ante la inspiración palpitante de la música. Barrio de tango, su anterior composición, lo habían demostrado con su recíproca colaboración artística. “Ya entonces Manzi sospechaba que estaba herido de muerte –señala en sus páginas Francisco García Jiménez–. Sus camaradas más cercanos también lo sospechábamos. En una tarde triste del mes de julio de ese año, cuando sepultábamos en la ‘Chacarita’ al negro ‘Cele, el de Mano a mano, que nos tocó despedir a Manzi y a mí con sendas oraciones en nombre de amigos y colegas de la canción popular, él me confió allí mismo, en un aparte, que había dicho su discurso sobreponiéndose angustiosamente a un repentino y terrible dolor interno, que venía a unirse a otros anteriores síntomas inquietantes”. “San Juan y Boedo antiguo, y todo el cielo./ Pompeya, y más allá de inundación”. La juventud y el sueño del retorno: “Sur,/ paredón y después…/ sur,/ una luz de almacén”. A los 44 años de edad la muerte le quebró el sueño del arte. Calles y lunas, amor y ventana. “Todo ha muerto; ya lo sé”.   

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