Opinión

El tango ‘Pensamiento’ del gallego José Martínez

Isaac Otero | 17 de agosto de 2015

“Lo llamaban ‘el gallego’ y era criollo y morocho. El gallego Martínez, ¡Que pianista genuino del tango! ¡Que melodista privilegiado!”, exclama el gran tangófilo y poeta Francisco García Jiménez en su insoslayable obra ‘Así nacieron los tangos’, Ediciones Corregidor, Buenos Aires, 1980. José Martínez, quien nació en 1890 ­–al igual que en Toulouse ‘Carlitos’ Gardel– para fallecer en 1939, fue un compositor de tangos tales como ‘Pablo’, ‘De vuelta al bulín’, ‘El cencerro’ y otros más de idéntica calidad, aparte de ese inefable y finísimo titulado así: ‘Pensamiento’.

José Martínez se integra en la primigenia promoción del tango: aquella que tuvo que crear la melodía al tiempo que ejecutarla. Espontaneidad, digámoslo pronto, tanto en el ‘fondo’ como en la ‘forma’. Dando rienda suelta a la limitación del ‘solista’ de la casa de baile, del guitarrero del tabladillo o del ‘dúo’ recorredor de boliches, abrió la senda al camino triunfador del breve conjunto y concedió definitiva ‘cancha’ a la célebre ‘orquesta típica’. Cuando en 1918 Francisco Canaro da “el gran paso adelante en su carrera” ­–como él mismo señalaba acerca de su primera actuación en el ‘cabaret Royal Pigall’–, los dos valores de su conjunto son el bandoneonista Osvaldo Fresedo y el pianista José Martínez. En seguida Fresedo se independiza y se va al ‘Casino Pigall’, en los altos del teatro homónimo. “Los bandoneonistas buenos eran escasos –comentaba Canaro–. Recurrí entonces a Minotto, que trabajaba en Montevideo”. José Martínez formó después orquesta propia para el ‘cabaret L’Abbaye’, de la calle Esmeralda. “Esa sí que fue una lamentable baja –proseguía Canaro–. Lo suplanté por Luis Riccardi. En el ‘Royal’ notaban el cambio”.

Francisco Canaro y Martínez habían comenzado en ‘trío’ con el bandoneonista Pedro Polito, instruyendo los pies danzantes de una reconocida academia de las que ‘a diez guitas la pieza’ en el desaparecido teatro ‘Olimpo’, en la calle Pueyrredón, alcanzado ya Arenales. José Martínez –a finales de la primera década del siglo XX–, igual que los demás jóvenes seducidos por el tango, se apropincuó a la rueda de ‘cafés-concierto’ cercanos a la ribera boquense. Tocaba el piano pero sin escuela armónica existente. Su aprendizaje fue en casa de unos amigos. Gran intuitivo, el mozo Martínez era humilde y silencioso, a la vez que se iba empapando de la atmósfera de las orillas del Riachuelo y del barrio de La Boca, junto a ‘las patotas’ de ‘cajetillas’ del ‘trocén’ que iban a alternar y toparse con la gente del lugar, que comprendía, por límites y proximidad, la de los barrios de Barracas y San Telmo.

Diariamente llegaba todas las noches al San Telmo de los lejanos ‘candombes’ ­–durante las gozosas noches de ‘La Boca’– un carrero mocetón ­–de sobrenombre ‘el Fay’–, cuyo brazos conducían con destreza aquellas ‘chatas’ cargueras, de macetones ‘pingos’ y ‘cadenero’ arrancador. En el toldito del pescante el pianista José Martínez vio una flor pintada de variopintos colores: era la bella flor del ‘pensamiento’. ‘El Fay’ solía resolver las reyertas a puño limpio y trompadas. El tanto ‘Pensamiento’ no nombra al ‘guapo’ sino a la divina flor, título de su ‘chata’ fortachona, que competía con las de la famosa ‘tropa de Languenay’ con parada en el barrio de ‘Once’. También la de ‘El Fay’ hacía decir a su dueño: “Tengo una chata con cola …/ ¡que sólo le falt’hablar!” Tango ‘canyengue’ de Martínez. Seis riendas en una mano, en el palio el rey del pescante sobre el empedrado de la ciudad de Buenos Aires …

 

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