Opinión

El tango, Horacio Salas y Ernesto Sábato

“Los millones de inmigrantes que se precipitaron sobre este país en menos de cien años no sólo engendraron esos dos atributos del nuevo argentino que son el resentimiento y la tristeza, sino que prepararon el advenimiento del fenómeno más original del Plata, el tango”, escribe el célebre novelista y ensayista Ernesto Sábato en el ‘Estudio Preliminar’ del libro El Tango, cuyo autor es Horacio Salas, editado por ‘Emecé Editores, S.A.’, 1ª edición, Buenos Aires, mayo de 2004. Como dedicatarios, Francisco Albertos, médico español, Fermín Chávez, Geno Díaz, Blas Matamoro y Armando Piratte.

Evocando aquella definición de Enrique Santos Discépolo cuando del tango expresó “es un pensamiento triste que se baila” –reiterada, por cierto, en labios de Jorge Luis Borges–, el gran escritor Ernesto Sábato nos adentra en el concepto de “hibridaje”. Recordemos las palabras de Carlos Ibarguren, quien, a su juicio, el tango no es argentino sino sencillamente un producto “híbrido” del arrabal porteño. “Negar la argentinidad del tango es acto tan patéticamente suicida como negar la existencia de Buenos Aires”, afirma Sábato. Si atendemos al “sexo”, Juan Pablo Echagüe lo juzgó como una danza lasciva. Cierto es que el tango nació en el prostíbulo, si bien su anverso es la creación artística. Algo antagónico: el ansia de fuga, tal vez de rebeldía. ¿No se trata de la añoranza de la mujer? “En mi vida tuve muchas, muchas minas,/ pero nunca una mujer”, rememoremos aquella antigua letra poética tanguera. O la archiconocida: “El malevaje extrañao/ me mira sin comprender”.

En medio de ese “descontento”, el hombre del tango teme hacer el ridículo, de modo que sus “compadradas” brotan en gran medida de su inseguridad y de su propia angustia. ¿Sentimiento de culpa? El resentimiento contra los otros “es el aspecto externo del rencor contra su propio yo”. Malhumor, indefinida acritud, bronca contra todo y contra todos. ¿Una danza introvertida, incluso introspectiva? El tango, claro está, no es siempre dramático. Puede ser humorístico, aunque su tonalidad se manifiesta satírica, con algo de la agresividad de la “cachada argentina”: “Durante la semana, meta laburo,/ y el sábado a la noche sos un bacán”.

Tampoco olvidemos la caricatura; la ironía de un sentimiento sombrío y reflexivo: “¡Si no es pa’ suicidarse/ que por este cachivache/ sea lo que soy!”. Ahora bien, “¿qué misterioso llamado a distancia hizo venir, sin embargo, a un popular instrumento germánico a cantar las desdichas del hombre platense?”, se interroga Ernesto Sábato. En las postrimerías del siglo XIX, Buenos Aires era la metrópolis de una innumerable multitud de hombres solos, un dilatado campo de talleres improvisados al igual que de habitáculos en “conventillos”. “Boliches” y prostíbulos entre la vida social de estibadores y cantinfleros, de albañiles y matones de comité, de musicantes “criollos” y extranjeros, de cuarteadores y proxenetas. Vino y caña. Canto y baile. Epigramas acerca de recíprocos agravios, mientras se juega a la “taba” y a las “bochas”. ¿Madre? ¿Abuela? Los contertulios discuten y se pelean “a cuchillo” en las orillas del “Riachuelo” del gran Río de la Plata. Nace la figura del “compadre”, “mezcla de gaucho malo y de delincuente siciliano”, según Sábato. Corajudo y macho, la “pupila” es su pareja en esa danza “maleva”. Un baile “híbrido” con un instrumento: el “fuelle” del “bandoneón”.  

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