Opinión

El tango y las ‘cuartetas’ descriptivas de Enrique Cadícamo

“Pero el sitio habitual del tango, ligado desde su génesis a la danza y a su desarrollo musical, fue el burdel. En los patios de los prostíbulos, en las amplias antesalas, y como complemento a la actividad principal de la casa, las prostitutas (que por residir en la misma casa recibían el nombre de pupilas) acostumbraban a bailar con la clientela”, señala el gran poeta y ensayista porteño Horacio Salas en su monumental obra El tango, Editorial Planeta Argentina, 1ª edición, Buenos Aires, agosto de 1986.

Esta reunión –que duraba desde el anochecer hasta la madrugada siguiente– estaba amenizada por aquellos músicos que “tocaban de oído” temas de carácter popular, conformando “dúos” o “tríos” que se iniciaron con flauta, violín y guitarra. Ciertamente, instrumentos idóneos para portar. Ello hacía posible a los músicos “turnarse” de prostíbulo en prostíbulo. Claro que con el consiguiente “cambio de repertorio” a fin de que la clientela no se aburriera. Transcurridos los años, y con el descenso de los intereses de los músicos, llevaron “organitos” a algunos suburbios donde subsistían los burdeles. Al mismo tiempo, los prostíbulos de mayor empaque determinaron instalar pianos y contratar a algún pianista, ya estable, con lo que el primitivo “trío” se acrecentó sonoramente. Al poco, fue extraño hallar un burdel que no dispusiera de un instrumento: de “cola” los de mayor señorío y de pared aquellos más modestos. Éstos preferían hacerse con una “pianola”, ya que, además de facilitar un amplio repertorio, no exigían ningún conocimiento musical. Existía un enorme surtido de “rollos”. Era suficiente con “insuflar aire con un fuelle mediante dos pedales instalados sobre los del piano auténtico para que los agujeritos de la larga hoja de papel comenzaran a emitir las melodías”.

“Esta mixtura de baile y lenocinio impulsó naturalmente la creación de temas prostibularios –matiza el musicólogo Horacio Salas–, algunos de los cuales eran bien conocidos. Melodías improvisadas y coplillas sobre asuntos del momento, que se referían a personajes, a características físicas de las ‘pupilas’ o bien a hechos acontecidos a lo largo de esos días”.

¿Cómo no evocar al inefable compositor Enrique Cadícamo y sus “cuartetas” de su libro Viento que lleva y trae? Así describe un prostíbulo de la Isla Maciel, “El Farol Colorado”: “Se llamaba ese puerto El Farol Colorado./ Y en su atmósfera insana, en su lodo y su intriga,/ floreció ‘la taquera de la lata en la liga’,/ de camisa de seda y de seno tatuado./ Al entrar, se dejaba, como en un guardarropa,/ los taleros, revólver’s y los cabos de plata./ La encargada era una criolla guapa, ancha y mulata/ que estibaba las grasas en la proa y la popa”.

Cadícamo, continuando sus estrofas, describe: “La pianola piaba los rollos de los tangos./ El cine picaresco iba horneando el ambiente./ Y del patio llegaba una copla indecente/ en la voz de un cantor de malevo arramango./ Cuando de alguna pieza se oía la jarana/ de la ‘hetaira’ que a veces no se mostraba activa,/ una frase en polaco, de la regente, iba/ como un chirlo en las nalgas de la más haragana./ El pecado, la riña, el vicio, la bebida, / el rencor y la sombra, el abuso y el celo,/ eran las flores malas que producía el suelo/ de esa isla del diablo y de la mala vida”.

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