Opinión

El tango: Carlos Vega, Florencio Iriarte y Manuel Saavedra

Isaac Otero | 28 de mayo de 2018

“Pero en las antiguas figuras abiertas de cuadro los danzantes se movían con entera libertad; en el ‘vals’ o en la ‘polca’ –aun cuando no faltaban los tropezones– el enlace a todo el largo de los brazos proporcionaba cierta independencia de movimientos para la realización de pasos rectos o vueltas fácilmente previsibles; en el tango, no –nos explica el gran musicólogo argentino Carlos Vega–. No existía la regularidad y nada podía anticiparse, porque la figura siguiente, la serie entera, la pieza total, se elaboraban en el instante de la realización. Fue necesario crear una técnica: la pareja debía moverse enteramente abrazada, cara con cara, costado a costado; el varón orientaba y hasta determinaba los pasos de la mujer con su mano derecha, fuerte en la cintura”.

El ensayista Carlos Vega –en su libro titulado Danzas y canciones argentinas– analiza cómo los bailarines se habían planteado el simple dilema: “o nos apretamos o nos pisamos”. Pues se apretaron. Pero sin lujuria en el abrazo. “En realidad”, agrega, “fueron los críticos quienes introdujeron su lujuria en el tango”. Desde luego que los danzantes bailaban por la profunda delectación en el bailar. Ahora bien, se bailaba peleando. He ahí la rivalidad entre los danzantes: “la pugna entre los barrios”, que colmaban la atención y exigían extremo cuidado. “No podía el hombre bailar retrocediendo, como exigía la cortesía hasta entonces, porque la espalda no debe acercarse al enemigo potencial”. Porque, debido a reglas de masculinidad, era excepcional –aunque no imposible– la agresión por la espalda. “Algún derrotado”, continúa Carlos Vega, “podría haberse erguido en son de venganza. Los hombres de todo el mundo danzan hacia delante por un recelo porteño”.

“Lo cierto es que, a mediados de la década de 1890, ya el tango ha alcanzado su propia coreografía, la que se afirma en los primeros años del siglo XX”, señala el gran poeta y ensayista Horacio Salas en su obra El tango (ensayo preliminar de Ernesto Sábato), Editorial Planeta, Buenos Aires, 1ª edición, agosto de 1986. En ella su autor trae a colación a Florencio Iriarte, quien en unas explicativas “cuartetas” tituladas Batifondo a la Villa de Roi –que vieron la luz en la revista Don Basilio del 30 de agosto de 1900– nos ofrece una concisa y humorística descripción de un baile que empieza así: “…hicimos la dentrada/ cada uno con su banana/ y comenzó la jarana/ con puro corte y quebrada./ Me lambía, hermano, solo/ y vieras ché qué cuerpiadas/ y qué de chipé, sentadas/ hicimos con el Bartolo…/ Mi paica se me doblaba/ igual que pasto en la loma/ y ché… parecía de goma/ del modo que se meneaba”.

Esa “crónica rimada” regresa en términos similares en la pieza de Manuel Saavedra cuyo título es Chambergos y galeras, estrenada en 1907, en la cual dos personajes masculinos expresan a dúo: “Donde nosotros pisamos/ nos hacemos respetar,/ jamás atrás nos quedamos./ Cuando hay vento en el bolsillo,/ pronto armamos un fandango./ Bailando tango tras tango/ al compás de un organillo,/ si nos toca una caquera/ que sea ladina y resuelta,/ al hacerle dar la vuelta,/ le flamea la pollera”.

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