Opinión

El ‘tango andaluz’ y las relaciones con el ‘tango argentino’

Isaac Otero | 28 de enero de 2019

Acerca de los tangos andaluces el hondo poeta y flamencólogo gaditano Fernando Quiñones en su día escribió: “Hemos oído tangos acongojados y oscuros; tangos rientes y joviales como si de bulerías o mirabrás se tratasen; tangos lentos, monótonos, planos, apenas sin inflexiones ni matices, largos como un atardecer sobre el mar de verano; tangos casi en son de rumba flamenca, de vivísimo rito y jocosa sustancia, no excluyente, empero, de ciertos instantes y modulaciones de inesperado e irreversible patetismo… Incluso dentro de un mismo cante de tangos, y como en el caso de las no tan alegres alegrías, tropiezan, pactan o combaten a veces en ellos las más dispares manifestaciones, el odio y el dolor el amor y la jactancia, la comedia, la tragedia y aun el sainetillo”. “Poseídos también –agrega el gran poeta y narrador Fernando Quiñones, hace años fallecido– de un fuerte color rítmico, y aunque más no fuere por el singular y marcadísimo carácter de éste, los más vivaces tangos que pueden oírse proclaman rápidamente al buen entendedor su predominante gaditana”.

“Algunos conceptos de la puntualización de Quiñones llevan a pensar en ciertas coincidencias temáticas que –como si existiera un secreto hilo conductor entre ambas especies musicales– enlazan al tango andaluz con las letras de los tangos rioplatenses posteriores a la aparición de Pascual Contursi con Mi noche triste, origen del texto argumental que acompaña a la música”, señala el enorme poeta y ensayista porteño Horacio Salas en su obra El tango (ensayo preliminar de Ernesto Sábato), Editorial Planeta Argentina, Buenos Aires, 1ª edición, agosto de 1986.

“El ritmo vivo a que alude Quiñones podría corresponder a los tangos picados de la Guardia Vieja –continúa Horacio Salas–, y los ‘instantes de inesperado de irreversible patetismo’ se conectarían con las obras de Enrique Santos Discépolo. Lo mismo cuando se refieren a las manifestaciones de odio y dolor, amor y jactancia, comedia y tragedia, que coinciden con similares elementos habituales a lo largo de la historia del tango”.

Si ahora nos referimos a la danza, es preciso matizar que el llamado “tango flamenco” ha sido una forma bailable, de humor alegre y versos de tono algo picante. Los bailarines se aproximan en rueda, aunque cada uno baila solo, sin castañuelas. En cuanto a las coplas, las diversas modalidades del tango son invención de ‘cantaores’ famosos que han creado formas propias partiendo de un común elemento. A modo de ejemplos, el de Jerez se debe al Frijones, el de Málaga al Piyayo y los llamados “tangos paraos” que después evolucionaron resueltamente hacia el “tiento”, obra de Antonio el Mochuelo: el autor de famosas piezas en el género, caso del Tango de los tientos, el de los peines, el de los maestros, el de la tontona. Recordemos asimismo a aquellos notorios tanguistas que fueron Enrique el Mellizo, Pastora Pavón, la Niña de los Peines, Aurelio Selle, Antonio Mairena y Pericón de Cádiz, así como a José Menese.

El denominado “tanguillo gaditano”, no obstante, está emparentado con el estilo de música que, después de haber recibido gran influjo de la ‘habanera’, retornó de Cuba para ser inserta, y con fortuna, en las ‘zarzuelas madrileñas’ de óptima aceptación. Viajó más tarde al Río de la Plata merced a las pocas compañías teatrales que arribaban a aquellas regiones de Sudamérica, e igualmente por los marineros amantes de la música y del  baile.

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