Opinión

El tango ‘Adiós, pampa mía’: Canaro, Pelay y Mariano Mores

“Con infausta insistencia doblaron para el tango las campanas de hierro en las postrimerías de 1964. Las noticias de cuatro muertes conmovieron al pueblo. El 25 de septiembre, la de Anselmo Aieta; el 11 de noviembre, la de Juan de Dios Filiberto; el 26 del mismo mes, la de Julio Sosa; el 14 de diciembre, la de Francisco Canaro”, leemos en las rememorativas páginas escritas por el sin par tangófilo y compositor Francisco García Jiménez en su obra Así nacieron los tangos, Ediciones Corregidor, Buenos Aires, 1980.

Por las porteñísimas calles de Lavalle y Paraná, Corrientes y avenida 9 de Julio, al nostálgico García Jiménez, al ritmo de su paso, le obsediaban los versos de “Adiós, pampa mía…/ Me voy,/ me voy a tierras extrañas…”. Tras el velatorio de Francisco Canaro, durante aquella madrugada tan sofocante que ya preludiaba el estío de la metrópolis de Buenos Aires, García Jiménez musitaba el tango del “paladín de nuestras melodías populares”. Ese tango estrenado en el ‘Teatro Alvear’, en la versión musical que en 1945 hicieran Pelay, Canaro y Mores de la célebre comedia de Enrique García Velloso titulada El tango en París.

Evoquemos cómo, a fines de octubre de 1913, García Velloso recibía del más afamado actor cómico de Buenos Aires una nerviosa misiva: “Querido Velloso: en esta carta va toda una súplica al amigo. Estoy sin obras; nadie trae nada; me encuentro desesperado. Toda mi esperanza está en usted; creo que no dejará naufragar a éste su amigo que tanto le quiere. Espero El tango en París como el pan de cada día. Un esfuerzo, Velloso, y salva a éste su amigo que le quedará eternamente grato. Un abrazo. Florencio Parravicini”. Porque “Parra” –“el rey de los bufos”– había vuelto de su glorioso viaje a Madrid, deseando sostener su renombre con una excelente obra ante el público de su patria. Él conocía el argumento de El tango en París. Era el anverso y el reverso de la aventura de un grupo de músicos y bailarines argentinos que acudieron a Francia después de un falaz señuelo, llevando la melodía de la “reina del Plata” hasta la anhelada meta de la europea “Ciudad Luz” por antonomasia. García Velloso se encontró con el mísero final de aquel sueño imaginado por los tanguistas ‘criollos’. García Velloso correspondió a la sincera petición del amigo Parravicini. Los cuatro actos de El tango en París se ensayaron día y noche, a batiente tambor, hasta el punto de que la obra se estrenó a los pocos días en el ‘Teatro Argentino’, de la calle Bartolomé Mitre con un enorme éxito.

En 1945 tanto Canaro como Pelay se ven en una similar situación a la de “Parra” treinta y dos años antes. El empresario Carcavallo les urge el “début” de la compañía de comedias musicales en el “Teatro Presidente Alvear”. Juan José de Urquiza –sobrino de Enrique García Velloso– le sugiere la adaptación musical de la comedia de su tío. De modo que, con el dinamismo juvenil de Marianito Mores, se entregaron febrilmente a la labor. Le otorgan carácter “campero” al tango que allí canta un personaje “criollo” de nombre Alberto Arenas. He ahí el equilibrio melódico y orquestal de Adiós, pampa mía, con ese aliento criollo. García Jiménez nos recuerda una anécdota: el cantor que en la obra actuaba con el compositor Canaro continuó su labor profesional bajo el nombre de su “rol” en el escenario: “Alberto Arenas”. ¿Cómo iban a olvidarse los espectadores de aquel éxito?

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