Opinión

El tango ‘Tres Esquinas’, Ángel D’Agostino y Ángel Vargas

Isaac Otero | 13 de noviembre de 2017

“Y de pronto, en medio de ese gran panorama sonoro, el transeúnte aquieta la mirada cordial en el ‘long-play’ que está centrando la vidriera. Su carátula colorida muestra a dos hombres inconfundibles de la ciudad avanzando por señalada calle que tiene el obelisco al fondo. Son Ángel D’Agostino (nacido en 1900) y Ángel Vargas (1904-1959). La frase publicitaria del sello fonográfico brota espontáneamente: Dos ángeles del tango. Uno de ellos, para mayor ratificación, pertenece ya al arcano mundo angélico: pero el milagro simple de la voz grabada le da firme credencial de presencia en este mundo”, leemos en las insoslayables páginas escritas por el compositor y tangófilo Francisco García Jiménez en Así nacieron los tangos, Ediciones Corregidor, Buenos Aires, 1980.

Ángel D’Agostino nos ofrece sus floreados compases desde su teclado. Angelito Vargas, el “porteñísimo” incesante, está cantando: “Yo soy del barrio de Tres Esquinas,/ viejo baluarte de un arrabal/ donde florecen como glicinas/ las lindas pibas de delantal”. Retrocedamos nuestra mirada a 1912. A un paraje del barrio de Barracas, casi orillando el Riachuelo: estamos en Tres Esquinas y en el cruce de las calles Montes de Oca y Osvaldo Cruz, conocido por tal nombre, que asimismo le ha sido concedido a la estación del ferrocarril del Sud allí mismo situada y al café de enfrente que, con ínfulas de confitería, además de infusiones y copas muestra a su clientela “vistas de biógrafo” con automatismo de imágenes y repentinas “escapadas” del cuadro.

Evocando aquella mañana de las postrimerías de 1912, un conscripto argentino cruza el río de la Plata, en un primerizo aeroplano, de manera que esa hazaña lo convierte de “condenado por desertor” a la “condición de héroe”. El presidente de la República lo asciende a “cabo”. Y el café renombrado de “Tres Esquinas” muda su rubro por el de “Cabo Fels”, donde ingresa Angelito D’Agostino, aún de pantalón corto, como pianista “a dos puntas”, esto es, en la orquestilla clásica y en un trío tanguero completado con flauta y violín. Con los años y su remozada “pinta”, D’Agostino dejó Barracas por el barrio de Avellaneda. Trabó amistad con ‘El  Mocho’, quien –en las noches domingueras– bailaba sobre la granza de una placita los tangos que tocaba la banda y era foco de atracción de una bullanguera rueda. Desde el punto y hora en que ‘El Mocho’ hace yunta con ‘La Portuguesa’, una ágil y elegante danzarina, se presentan gozosamente, bajo el rubro de ‘Los Undarz’, en aquel “varieté” porteño de primerísimo rango. Ángel D’Agostino los acompaña desde el piano. “Tango de ley el tango que después toque D’Agostino con ‘la típica’ propia. A través de épocas y modas, su tango suena dibujando el intangible diseño de la ‘quebrada’, el ‘ocho’ y la ‘media luna”, nos revela el memorioso artista y articulista Francisco García Jiménez.

En 1920 el teclado de D’Agostino ponía fondo en el teatro ‘Nacional’ a la pieza Armenonville que representaba la compañía Arata-Simari-Franco. En una escena, Ángel tocaba Pobre piba. Veinte años después –estamos en 1940– los “tangueros” salían, al clarear las madrugadas, de la “boîte” de nombre “Chez Nous”, calle Sarmiento, donde actuaban D’Agostino y Vargas. Ambos “copaban la banca” en la radiofonía y los bailes de los clubes. Los compases de Pobre piba –con su dejo “compadrito”– retornaron a su autor. Vargas lo seguía, tarareándolo. Cadícamo le obsequió el primer verso: “Yo soy del barrio de Tres Esquinas”… Y Alfredo Attadía le aportó el fraseo de bandoneón y la armonía. Y Vargas fue “el ruiseñor de las calles porteñas”.

 

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