Opinión

Santiago de Compostela, la Catedral y Precedo Lafuente

Isaac Otero | 24 de septiembre de 2010
“Cuatro plazas circundan la Catedral compostelana. Dos llevan nombres de profesionales: la del Norte es la de los ‘Azabacheros’, que desde el siglo XIX perdió la denominación que correspondía a la antigua fachada románica, la del ‘Paraíso’, a favor de la ‘Inmaculada’, homenaje compostelano al misterio definido por el Papa Pío IX como dogma de fe; por el Sur tenemos la de los ‘Plateros’; al Oeste se recuerda el taller de cantería (obrador y ‘obradoiro’) en el que trabajaron varias generaciones de obreros, interpretando, con el mazo y el pico, el lenguaje misterioso de los canteros; finalmente, hacia el Este, se extienden la ‘Quintana de Muertos’, y la ‘Quintana de Vivos’, separadas por una escalinata. La ‘Quintana’ –‘Plaza’– de los ‘Muertos’, fue un viejo cementerio, hoy perfectamente empedrado, que se extiende entre la Basílica y el monasterio benedictino de San Paio de Antealtares”. Así escribe Don Jesús Precedo Lafuente en su Guía de la Catedral de Santiago de Compostela, Ediciones Aldeasa, impreso en los talleres de Gráficas Jomagar, Madrid, el 18 de octubre de 2002. Libro con fotografías de Manuel González Vicente y diseño de Antonio Ochoa de Zabalegui y maquetación de Myriam López Consavi. En su ‘Preámbulo’, el docto Precedo Lafuente nos ilustra con ‘Cuatro Plazas’, ‘la tercera Catedral’ y ‘El nombre de Compostela’.
Pues, en efecto, el edificio catedralicio pertenece a una obra románica –cuyos inicios datan del año 1075–, a la cual, pasado el tiempo, han ido agregándose manifestaciones de diferentes estilos artísticos, testigos de la acomodación de los rectores de la Basílica de las ideas e imágenes de cada época. En algunos momentos los hallamos en obras nuevas, adscritas al estilo románico; en otros, modificando la construcción primigenia, caso de las espléndidas fachadas de la Azabachería y del ‘Obradoiro’. Henos delante de la ‘tercera Catedral’ conocida en Santiago: la que se construyó en la época del obispo Diego Peláez y del rey Alfonso VI. En cuanto a las anteriores, si es que en realidad podemos afirmar que antaño hubo otras, se constatan absolutamente identificables dos de ellas: las vinculadas a los monarcas Alfonso II y Alfonso III. “Los restos de estas iglesias, que no tuvieron comparación alguna con la actual –asevera el profesor Precedo Lafuente– aparecen junto a la muralla y a la torre defensiva de la ciudad, bajo el pavimento de la Basílica”.
Vestigios de un cementerio que abarca los ocho primeros siglos de la era cristiana: la confirmación del doblamiento de la que hoy nombramos “Compostela” durante ese período, en gran medida menos atestiguado históricamente que el posterior. “Santiago de Compostela” no se denominó siempre de este modo. “Lugar Santo” debió de ser su designación a causa de aquellos “restos sagrados” que en ella se veneraban. Debió de llamarse asimismo “Arca Marmórica”. Más tarde le alcanzó el de “Santiago” de “Compostela”, otorgándole el Apóstol, el Zebedeo, su propio nombre. Por más que en tantas oportunidades hayamos oído que “Compostela” significa “Campo de Estrella”, no nos engañemos con tan poética metáfora del firmamento y de divina guía nocturna y predestinación. Aunque bella e ingeniosa esta etimología, lingüísticamente no es verdadera. “Compostela” –“composita” y “ela”– con una tierra o un sepulcro “bien cuidado”. Tesis que no contradice, desde luego, idéntico “espíritu jacobeo”.
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