Opinión

‘Santa María la Real de Oseira’, la paz del monasterio

Isaac Otero | 11 de mayo de 2015

Estamos en Oseira, lo que el sabio Horacio diría “locus amoenus”. A 28 quilómetros de Ourense y 7 y medio de O Carballiño, en un paradisíaco paraje situado en la margen derecha del río Ursaria. Etimología que rinde homenaje a “Ursaria”, del cual deriva “Oseira”, tierra de “ursus”, osos, de los que no queda rastro excepto en la heráldica de este venerable monasterio de Santa María la Real de Oseira. Fue fundado hacia 1137 por cuatro monjes llamados García, Diego, Juan y Pedro, a quienes se agregó en 1142 –ya con los de la Orden Cisterciense– un quinto, que era un monje peregrino que procedía de Alemania. Era de nombre Famiano, que ahora es santo. Desde Oseira viajó a Roma: su cuerpo incorrupto reposa en la población italiana de Galesse.

Si repasamos la historia de Oseira, descubriremos que en sus épocas más señeras, las propiedades de su monasterio alcanzaron las mil aldeas y cuarenta parroquias, a las fecundas tierras de O Ribeiro hasta el distante puerto de Marín. El 29 de agosto de 1552 un devastador incendio clausuró la constante y turbulenta etapa histórica del Medioevo, reduciendo el conjunto del monasterio a tristes escombros. Aquellos monjes aún lograron recursos para erigirlo de nuevo, de manera que recuperaron en gran medida su antiguo esplendor, si bien quedó arruinado cuando les llegó el mazazo de la ‘Desamortización’ de Mendizábal así como el saqueo inevitable. La exclaustración de 1835 otorgó paso a un siglo de abandono. Y cuando en 1929 los monjes regresaron, poco más pudieron hacer que limpiar las ruinas y emprender lo que sería una restauración dilatada durante tres cuartos de siglo.

Con los nuevos tiempos tan sólo existía una comunidad de monjes que eran capaces de hablar siete lenguas occidentales y cuatro orientales, y entre los cuales se contaban canteros y carpinteros, mecánicos y agrimensores, jardineros y ganaderos y agricultores. En 1966 comenzaron a llegar las primeras ayudas económicas al tiempo que el padre Juan María Vázquez Rey mostraba el impulso y talento al igual que su extremada curiosidad, transformado en una irrefutable enciclopedia de obras. Y no sólo las realizó en Oseira sino también en San Miguel de las Dueñas, en León, y en la fértil geografía lucense de Ferreira de Pantón. Paradigma del “ora et labora”, fe y fervor que tuvieron en 1990 el reconocimiento del premio ‘Europa Nostra’ y, siete años después, el premio ‘Don Ramón Otero Pedrayo’. ¡El asombro ante el esplendente ángulo de las fachadas de la iglesia y del monasterio! Ambas de cuerpos almohadillados y portadas con dobles órdenes de columnas, ricas en nichos y hornacinas, dedicadas a la Virgen de la Asunción y a los santos Benito y Bernardo. En la fachada del monasterio, los dos osos del escudo de Oseira –flanqueados por las alegorías de la vida y la muerte– unidos por una cadena de la que el tiempo nos dejó sin los eslabones. La fachada de la iglesia es de líneas herrerianas, suavizadas por unos perfiles barrocos que ganan cuerpo en la del monasterio, cuyas columnas salomónicas, capiteles esfoliados y ménsulas de abigarrada simbología nos obsequian con el anuncio del insólito catálogo de significados ocultos entre sus muros.

“Cada año acuden más de 150 mil visitantes a contemplar la pequeña maravilla de Oseira –nos dice el padre Damián Yáñez, bibliotecario del monasterio–. Una decena de hombres viven en el monasterio, entregados a su vida de oración y sacrificio por el mundo”.

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