Opinión

San Francisco Blanco, mártir de Santa María de Tameirón

Isaac Otero | 21 de mayo de 2018

Rememoremos una fecha histórica en Galicia: el 8 de junio de 1862. Fue cuando el Papa Pío IX canonizó al santo del oriente de la provincia de Ourense, de nombre Francisco Blanco. Su cuna había sido en la parroquia de Santa María de Tameirón en la villa de A Gudiña en 1570. En la propia iglesia parroquial podemos leer la “fe de bautismo”. Continúa en pie igualmente la vivienda donde vino a este mundo. Si bien se ignora con precisión el nombre de su madre, parece que hubiera sido el de Catalina. Cuando niño, era de su agrado cuidar y mimar las cabras que tenía su familia. Acerca de ello evoquemos esta copla: “O santo Francisco Blanco/ foi nado no Tameirón,/ e farto de gardar cabras,/ foi misionar ó Xapón”.

Según diversos testimonios, desde muy joven sobresalía por sus excelsas cualidades de obediencia y humildad, de modestia y laboriosidad, así como de un carácter dulce. Si repasamos su hagiografía, resaltan algunos de sus milagros. Se relata cómo en una oportunidad Francisco Blanco regresaba con su carro atiborrado de “toxos” y que, al intentar doblar una curva por un despiste le volcó. Y que, cuando allí llegó su padre, él ya lo había puesto en pie “con la ayuda de su ángel”.

Una vez alcanzado la edad escolar, el Conde de Monterrey le costeó los estudios de la mano de los Padres Franciscanos, en la misma falda del Castillo, en el cual dictaban la cátedra de religión, a escasos metros del Colegio de los Jesuitas en el que se estudiaba la lengua latina. Así, pues, tomó el hábito franciscano e hizo solemnes votos de profesión en el Convento de Villalpando. Con algo más de veinte años, se dirige a Sevilla a fin de embarcar hacia América –de misionero–, juntamente con distintos religiosos. ¡Ocho meses de travesía para desembarcar en México! He ahí que en Puebla de los Ángeles traba conocimiento con Sebastián de Aparicio, quien, a la sazón, contaba ya 92 años. Allí finaliza sus estudios. Se ordena sacerdote y pronto su barco zarpa hacia Manila, ávido su corazón de “evangelizar”. Más adelante va a Nagasaki. Se dice que durante el viaje marítimo no desperdiciaba las horas, puesto que aprendía la lengua japonesa. De manera que, al desembarcar en Japón, se difundió la noticia de que ya “estaba preparado para predicar a los nativos”.

Evoquemos aquel Japón que, por entonces, atravesaba por una época de enormes convulsiones sociales y políticas. Pues, en efecto, el emperador Taikosama decretó “pena de muerte para todos los cristianos”. Y como era de esperar, víctima del martirio, acabó sus días el “Santo de A Gudiña”. Asimismo otro misionero, a los cinco meses nada más de su arribo a tierras del País del Sol Naciente. Se dice que “antes de morir son paseados por varias ciudades con las orejas rebanadas, pero van cantando a Dios, orgullosos de su fe”.

Nos cuenta la tradición que la cabeza del Santo –por divina decisión– fue traída hasta tierras de Ourense, encontrándose en Valdeorras. Su imagen ahora la contemplamos en “Los Milagros”, en A Gudiña, en O Tameirón, en la catedral de Ourense, al igual que en los Padres Franciscanos. A los pies de su imagen pétrea, leemos: “A San Francisco Blanco. 4º Centenario. 1597-1997”. He aquí su figura, en el retablo de la iglesia de O Tameirón. Murió mártir, al cabo, en 1597.

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