Opinión

Samuel Eichelbaum y Miguel D. Etchebarne: el “guapo” del 1900

Isaac Otero | 03 de junio de 2019

“Pero eran hidalgos venidos a menos, pues tocáronles malos tiempos para vivir y para morir. En el fondo, sin que nadie –ni ellos mismos– lo advirtieran, eran verdaderos reaccionarios, apegados a la tierra y a sus mayores; cavernícolas; aristócratas malogrados porque carecían del empleo único y connatural de toda aristocracia de la guerra”, nos recuerda el ensayista y musicólogo Héctor Sáenz Quesada acerca del “compadre” porteño del siglo XIX en la República Argentina. Bien podríamos afirmar que, a caballo entre el hombre de la ciudad y el campesino, el “compadre” –al igual que su antecesor el “gaucho”– continuó tributando su amor al “coraje”. Dentro de una sociedad hasta cierto punto áspera, incluso hostil, en aquel “oficio” en el cual el derecho a vivir se lograba cotidianamente; y la vida se conservaba en el nombre y la fama en perfiles, gestos, en la fidelidad de una conducta, el espacio conseguido asimismo le engendraba acérrimos enemigos e imitadores, víctimas del fanatismo.

¿Qué era, por tanto, el “guapo”? Diríamos que “el reflejo, en borrador, del caudillo parroquial al que servía con ciega lealtad” según palabras del gran poeta y ensayista Horacio Salas, autor del ineludible volumen El tango (Estudio preliminar de Ernesto Sábato), Editorial Planeta Argentina, Buenos Aires, 1ª edición, agosto de 1986. Es preciso señalar que el paradigma de este personaje ve la luz en la dramaturgia argentina encarnado en Ecuménico López, el protagonista de Un guapo del 900, obra de Samuel Eichelbaum, quien se define así: “No soy una taba que pueda caer de un la’o o de otro. Yo caigo en lo que caen los hombres, ni aunque me espere el degüeyo a la vuelta de la esquina”. Debido a su fidelidad, Ecuménico mata y va a la cárcel para salvar el honor del caudillo al que respeta y sirve desde hace años. Pues Ecuménico “es hombre de un jefe”. Quien no anda alquilando su daga al mejor postor ni espera un golpe de suerte que lo saque del “suburbio”. Porque, en el fondo, prefiere proseguir como “patrón del barrio”, antes que diluirse en el “anonimato” de las calles del “trocén” –el “centro”, al “vesre”, propio del idiolecto “lunfardo”– de la metrópoli de Buenos Aires, la “reina del Plata”.

¿Y cómo era la relación que el “guapo” tenía respecto de la mujer? Si bien considerados con una “latente homosexualidad” estos “guardaespaldas” cuya norma ética frecuentemente los conducía al sacrificio, el “guapo” era “un solitario” convencido. Aquellas “visitas” al prostíbulo apenas les aportaban “sentimientos”: se las estimaba como estrictamente higiénicas o bien para “conservar” el cartel de “hombre” entre la vecindad del barrio. Miguel D. Etchebarne nos legó estudios insoslayables: La influencia del arrabal en la poesía argentina culta, Ediciones Kraft, Buenos Aires, 1955; Juan Nadie, vida y muerte de un compadre, Ediciones Albatros, Buenos Aires, 1957. Además, el artículo titulado ‘París y el tango argentino’, diario La Nación, Buenos Aires, 20 de octubre de 1957.

Esta manifestación “misoginia” –a criterio del ensayista Etchebarne– “encubría una defensa de la mujer más que subestimación”. Tales personajes sabían que la muerte podía aguardarlos en cualquier “entrevero”. También secretamente temían que, en caso de verse forzados a matar a un adversario político, el “caudillo” debiese optar por “abrirse” y no quedar “salpicado” con un crimen que dañara en demasía su propia imagen.

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