Opinión

‘Rodríguez Peña’, el tango de Vicente Greco

Isaac Otero | 26 de enero de 2015

Tras las conmemoraciones del “Centenario” del “primer grito de libertad” de 1910, comienza la segunda década del siglo XX y hacia el “trocén” de Buenos Aires –desde las dos categorías de “cafetines” y “cafés-concierto” de extramuros– se apropincuan los conjuntos de ‘ejecutantes’ del tango, aquellos que todavía no exhibían la terminología de “orquesta típica”. Evoquemos ahora aquel soneto de la época en que el llorado poeta José de Maturana captó mediante porteñísimas imágenes diversos ángulos de la urbe nocturna: “Noche clara de otoño. Por las alegres calles/ de la ciudad, que al vicio y al jolgorio se entrega,/ fulguran los unánimes focos y despliega/ su roja onda un soplo sensual sobre los talles…”.
“Era la melodía que buscaba auditorio y era el compás binario que venía a mover los pies”, en palabras del gran compositor y tangólogo Francisco García Jiménez, plasmadas en su irremplazable libro Así nacieron los tangos. Ediciones Corregidor, Buenos Aires, 1980. Desde la ribera se aproximaban al centro porteño. En la esquina de Suárez y Necochea las cantinas del sur habían regresado por sus fueros de riquísimos ‘maccheroni’ con la armonía de la ‘mandulinata’. Estaba iniciado el “éxodo”. Así, el ‘trío’ del café ‘Royal’ se disgrega, de tal manera que Samuel Castriota se va por su lado junto con sus dedos pianistas y guitarreros. Vicente Loduca y su fuelle cadencioso endereza su propio rumbo. ‘Pirincho’ –Francisco Canaro– se asocia a un músico, vecino suyo, en la calle Sarandí al sur: he ahí el bandoneonista Vicente Greco, Canaro, Greco, el pianista Aragón y el flautista Pecce se presentan en el café ‘El Estribo’ de la calle Entre Ríos, 763 al 767. El público, al decir de las crónicas, atiborra el local, al tiempo que desborda la ‘vereda’ y la calzada.
A raíz del éxito del ‘cuarteto’ de Greco, acudieron al café dos bailarines –‘el pardo’ Santillán y ‘el vasco’ Aín– a la búsqueda de los músicos, a fin de que actuaran en las reuniones danzantes que ellos organizaban en el denominado salón ‘La Argentina’, de la calle Rodríguez Peña, al 361. ‘La Argentina’ tenía la ventaja, respecto de los locales pertenecientes a las asociaciones mutualistas, de que abría sus puertas “a la milonga” durante las noches del sábado. Reinaba el tango pero sin cortapisas. “Un término divisorio –nos recuerda Francisco García Jiménez– entre el remoto piringundín de ‘La Tucumana’, alumbrado a queroseno y con el arroyo Maldonado atrás, y la coqueta asa de ‘madame’ Jeanne, en la calle Maipú al norte, con moblaje de Luis XV y cortinados de seda”.
Vicente Greco –‘Garrote’, sobrenombre debido al grueso bastón que le gustaba emplear– creó, merced a su bandoneón, para aquellos pies, aquellas piernas y aquellos tacos, un tango que competía con los centelleos de sus “figuras”. Y quiso dedicárselo al salón, bautizándolo con el nombre que todo el mundo le daba, por referencia a su ubicación: “Rodríguez Peña”. Vicente Greco –musa inspirada y sabiduría de dedos para la botonadura del fuelle– murió a los treinta y ocho años. Tan sólo días antes había expirado Eduardo Arolas en París, a los treinta y dos años. ¡Bailar, escuchar, gustar esa melodiosa y espiritual “idea sonora” de un tango como “Rodríguez Peña”!

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