Opinión

Las ‘raíces andaluzas’ de la música de tango

“En la Península Ibérica coexisten, a lo largo del siglo pasado, el ‘tango’ como una de las variantes del cante flamenco producida en América, y el ‘tanguillo’, originario de Cádiz, que se confunde con la ‘habanera’, y es el que, con el nombre de ‘tango’, sin ningún otro aditamento, se desparrama rápidamente por toda España y llega al ‘género chico’ madrileño”, afirma el reconocido poeta y ensayista Horacio Salas en su notoria obra El tango (ensayo preliminar de Ernesto Sábato), Editorial Planeta Argentina, 1ª edición, Buenos Aires, agosto de 1986.

“Desde aquellos escenarios pasa –prosigue Horacio Salas– a los del Río de la Plata; a veces, en obras estrenadas por las mismas compañías hispanas; otras veces, a través de piezas supuestamente originales que no eran más que adaptaciones de obras madrileñas al ambiente ‘porteño’, efectuadas con todas las características del plagio más descarado. En Buenos Aires, la aceptación de este ritmo resultó inmediata y masiva”. Ahora bien, los musicólogos entendidos en el “cante jondo” difieren en cuanto a la ubicación del “tango andaluz”. Francisco Carreras Candi lo enmarca dentro de las formas del “cante flamenco” que deberían clasificarse en un especie de “tierra de nadie”. Digamos que a medio camino entre el acuñado “canto grande” (“jondo”) y el “cante chico”, flamenco, en el cual el “tango” alternaría con “rondeñas”, “malagueñas”, “peteneras”, “tientos”, “farrucas”, “alegrías” o “sevillanas”, entre otros muchos estilos y variedades.

El flamenco, más moderno que el “jondo”, según los especialistas, se distingue por sus fraseos más largos, aunque de menos énfasis y adorno que los del “cante grande”: sus remates son más débiles, en tanto que la extensión de la voz y las modulaciones resultan mayores. No es de extrañar el que los “castizos” más recalcitrantes estimen al flamenco como “vulgar”, poniéndole reproches debido a su desenfadado humor, antitético de aquella indecible sobriedad y gravedad del “cante jondo”.

El delicado poeta que fue el cordobés Ricardo Molina –autor de numerosas páginas acerca del “origen del poeta” y de la “evolución” de la Poesía–, al igual que el gran Antonio Mairena, no obstante, consideran al tango como uno de los “pilares” del flamenco. Ambos lo clasifican teniendo presente su área de extensión, en “jerezano” y “gaditano”, “sevillano” y “malagueño”. Sea cual fuere su hipótesis, el tango no es una de las formas antiguas del “cante”, pues su consolidación tan sólo se centra en las postrimerías del siglo XIX, si bien, sobre todo, en los inicios del siglo XX. Corresponde, desde luego, al universo de los denominados “aires de ida y vuelta”, esto es, músicas llevadas a América y que Andalucía recogió –ya modificadas a causa del empleo americano–, a fin de incorporarlas a su autóctono folclore.

“El tango parece derivar del ‘tiento’, que es una forma nada esquemática basada en las improvisaciones del guitarrista anteriores al ataque del cantor”, nos recuerda Horacio Salas. “El nombre de ‘tiento”, continúa, deriva del verbo ‘tentar’ y significa por ello intento, ensayo o tentativa. Las coplas del tango con muy libres y, aunque su compás es binario como el del tango americano, la voz tiene mucha amplitud para alargar las sílabas y demorarse en las palabras”.

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