Opinión

La ‘prehistoria’ del tango hasta ‘Mi noche triste’ de Contursi

En la obra El estado de un país, también llamada La nueva vía, que no es sino una parodia de la ‘revista’ o zarzuela madrileña La Gran Vía, escuchamos las estrofas de Eduardo Rico –cantadas sobre música del maestro Eduardo García Lalanne–, quien había compuesto algunos tangos para esta pieza. Llegado un determinado instante, tres compadres se aproximaban bailando entre ellos rumbo a las candilejas, donde comenzaban a entonar: “Compadre 1º: Yo soy del barrio del Alto,/ soy del barrio del Retiro,/ soy aquel que nunca miro/ con quién tengo que pelear,/ y al que en tren de milonguear/ ninguno se puso a tiro”.

La cantante ‘Pepita’, conviene recordarlo, había logrado un destacado éxito como ‘tonadillera’ en aquellos teatrillos de índole picaresca tanto en Montevideo como en Buenos Aires. “Y por su amistad con varios compositores se atrevió a intercalar tangos en sus actuaciones”, señala el gran poeta y ensayista Horacio Salas en su ineludible obra El tango (ensayo preliminar de Ernesto Sábato), Editorial Planeta Argentina, 1ª edición, Buenos Aires, agosto de 1986. Generalmente, las letrillas que se entonaban ya en escenarios, ya en romerías, carecían, a excepción de alguna prudente doble intención, del carácter sexual que exhibían aquellas cantadas en los prostíbulos. Como éstas: “Por coger con una mina/ que era muy dicharachera/ me han quedado los cojones/ como flor de regadera”. Una versión, ya suavizada, era: “Por salir con una… chica/ que era muy dicharachera/ me han quedado las… orejas/ como flor de regadera”.

Juan Piaggio recolectó cuatro versos de un primigenio tango, en el cual una pupila de prostíbulo exclama: “Estése quieto/ sosiéguese./ No sea cargoso, caramba,/ cómo es usted”. El musicólogo y exquisito tangófilo Luis Soler Cañas asimismo exhumó la letra de un tango de López Franco, cuyo título era ‘Los canfinfleros’, en el cual el protagonista se ufana así: “Soy el mozo canfinflero/ que camina con finura/ y al que miran los otarios/ con una envidia canina/ cuando me ven con la mina/ que la sacó a pasear”.

Durante los años posteriores al 1900, las letras, eso sí, se van multiplicando. El inefable Ángel Villoldo escribe las propias creaciones. En Montevideo, el célebre Pascual Contursi ensaya también sus versos, que adosa a tangos sólo “instrumentales”, para entonarlos él mismo. Desde luego que tampoco faltan autores –como Luis Roldán, el autor de ‘Carne de cabaret’, y Antonio Martínez Viérgol– que escriben tangos para ‘cupletistas’ de moda. No obstante, la primera letra de tango continuará siendo –como siempre sostenía el nunca olvidado José Gobello, quien tantos años fuera presidente de la Academia Porteña del Lunfardo– ‘Mi noche triste’, cuyo autor fue el gran Pascual Contursi. Acaso todo lo anterior haya sido “prehistoria”.

“La secta del cuchillo y el coraje (guapos y compadritos)” es el capítulo que nos ofrece Horacio Salas dentro de su magna obra. “Las tres compadradas teologales encarnábanse en tres tipos distinguibles a simple vista –señala Héctor Saénz Quesada–. El compadrón, el compadrito y el compadre”.

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