Opinión

Los ‘peringundines’ y el ‘Diccionario histórico argentino’

La opinión –tanto de Vicente Rossi como de Etchebarne– de que las bailarinas de las “academias” montevideanas y de los “salones” porteños no eran precisamente un dechado de belleza, contrasta con el juicio del ensayista Francisco Veyga –citado, por cierto, por José Gobello, inefable e inolvidable lunfardólogo y escritor, quien fue durante muchos años presidente de la Academia Porteña del Lunfardo–, el cual en su obra Los auxiliares de la delincuencia, impresa en 1910, hace pensar que las camareras de aquellas “academias”, hábiles para el baile, no debían ser tan desagradables a la mirada. “la presencia de mujeres en estos establecimientos no tiene otro propósito que el de atraer por estímulo carnal al mayor número de clientes, retenerlos más tiempo en la casa y hacerlos consumir más. Las mujeres que toman a su cargo esta tarea no son siempre mujeres de vivir libertino –escribe el señor Veyga–, pero son siempre gente fácil y que ofrecen atractivos más o menos gratos al ojo. Poseerlas es cuestión de tiempo y de dinero en el más difícil de los casos”.

Si nos referimos a la capital porteña de Buenos Aires, habrá que recordar sus inicios. Comenzaron a abrirse en la década de 1870, de modo que se propagaron por distintos barrios periféricos. En el barrio de Barracas y asimismo por el de Constitución. Una de ellas, muy afamada, se hallaba en la calle Estados Unidos y otra en la esquina de Pozos e Independencia. En tales “salones” se podían encontrar, exhibiendo sus dotes, algunas de las más célebres bailarinas de “fin de siglo” del XIX: la Parda Refucilo, Pepa, la Chata, Lola la Petiza, la Mondonguito, la China Venicia y María la Tero.

Tomando el Diccionario histórico argentino, consultamos el vocablo “peringundín”. Y leemos: “nombre que se daba a los negocios con despacho de bebidas, donde se efectuaban bailes entre hombres solos; conocidos más tarde con el nombre de ‘bailongos’ y posteriormente, al formarse parejas con mujeres, en otros comercios similares, fueron cobrando jerarquía hasta el ‘cabaret’ actual”. El nombre de “peringundines” o “piringundines” se deriva de la “périgordine” –danza de Périgord– que, según parece, importaron algunos genoveses instalados en el barrio porteño de la Boca, bailándola como cosa propia. En su Diccionario argentino, de 1910, Tobías Garzón explicaba las características esenciales de un “peringundín” como correspondiente a “ciertos bailes o sundines” que se daban para la gente del pueblo los jueves, domingos y feriados, los cuales duraban desde las cuatro de la tarde hasta las ocho de la noche.

Tales “peringundines” estuvieron en boga en el Rosario de Santa Fe por el año 1867. El caso es que el dueño de la casa donde tenían lugar estos “fandangos” –que eran públicos– cobraba a los hombres un real por cada seis minutos de danza y pagaba a las mujeres dos o más pesos bolivianos: moneda que corría entonces por todo el tiempo que durara el “peringundín”. Acudían allí muchas sirvientas y “era de verse cómo sudaban la gota gorda” algunas de aquellas bailarinas. Sobre todo aquellas que, por ser buenas mozas y bailar mejor que las otras, eran solicitadas por los “pardos” antes de sentarlas los compañeros. Terminados los seis minutos de “ordenanza”, sólo se oían los gritos de entusiasmo.

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