Opinión

Los dos Pedros, Maffia y Laurenz, y el tango ‘Amurado’

Isaac Otero | 04 de julio de 2016

Pedro Maffia, quien nació en 1899 para fallecer en 1967, era hijo de un almacenero en la parroquia de Santa Rita de Buenos Aires, cuando Villa del Parque exhibía sus primerísimas seducciones urbanas. El que sería gran bandoneonista contaba seis años y se extasiaba ante alguien que tocaba un acordeón. Lo pusieron a estudiar piano pero a él le tiraba más la variación sonora del “arrugao”, el “fuelle”, la prosopopeya bien porteña del bandoneón. Maffia, padre, enamorado de la música, alentaba a Maffia, hijo. El padre compró un café con “palquito” donde se inició su vástago, tocando en “trío”. Ante el resquemor de que los aplausos fueran de “compromiso”, quiso ponerse a prueba en barrio ajeno. Y más aplausos. En el centro y en diferentes “conjuntos”: el café “Monterrey”, de la calle Maipú; el café “Iglesias”, de la calle Corrientes. Alguna vez ya había tocado en alguna semana “carnavalesca” del barrio tanguero de Pompeya, en lo de “la negra María”, detrás de los bañadores de la inundación, allí mismo, donde se bailaba “a muerte” desde el domingo inaugural hasta el del entierro del “Momo”.

Al regresar de una gira por el interior de la Argentina, llega a Punta Alta una noche de 1917. Lo escucha Roberto Firpo, quien actuaba allí, y al instante lo contrata. Pedro Maffia estará junto a él durante seis años excelentes tanto para la audición personal como fonográfica del tango. Al dejar a Firpo, su rumbo lo conduciría a la orquesta de Juan Carlos Cobián, pianista, donde serían sus otros compañeros Luis Petruccelli, Ferrazzano y Julio De Caro. Y a finales de 1924 integró el “sexteto típico” de Julio De Caro, con su hermano Francisco en piano; Manlio Francia, de segundo violín; Petruccelli, en el otro bandoneón, y Thompson, en el contrabajo. ¿Su misión? “Animar la hora del té del ‘Vogue’s Club’, del ‘Palais de Glace’, cotidiana reunión selecta, donde a damas y niñas de nuestra sociedad les correspondió gustar las primicias de aquella modalidad renovadora del tango”, señala el inefable poeta y tangómano Francisco García Jiménez en su imprescindible obra Así nacieron los tangos, Ediciones Corregidor, Buenos Aires, 1980.

Pedro Laurenz –que no es Laurenz sino Blanco, apellido de su padre, casado con una viuda; los Laurenz eran sus dos hermanas, dos magníficas bandoneonistas, que trabajaban en Montevideo– fue el inconmensurable artista del bandoneón. Cuando era adolescente cayó enfermo y, para curarse, el médico lo envió a tomar los aires de la Banda Oriental. El señor Blanco quería que su hijo estudiase violín. En la capital montevideana probó con el “fuelle” y todo el mundo interrogaba acerca del “pibe”: “¿Quién es?” “¡Quién va a ser! ¡El hermanito de los Laurenz”, respondían. Retornó a Buenos Ares. En un café se hallaba el viejo pianista Roberto Goyeneche y Pedro Laurenz, como segundo bandoneón de Enrique Pollet. De pronto, Julio De Caro iba a contratar a Pollet, pero cambió de idea. Le gustó Laurenz e intentó apalabrarlo. “Mañana lo esperamos en casa con su bandoneón”, dijo De Caro. “Y desde ya lo bautizó profesionalmente para mantener la tradición del apellido: Pedro B. Laurenz”. Los dos “Pedritos” –Maffia y Laurenz– crearon el tango Amurado, al cual le puso letra José De Grandis, fallecido en 1932: “Campaneo mi catrera y la encuentro desolada,/ sólo tengo de recuerdo el cuadrito que está ahí;/ pilchas viejas, unas flores, y mi alma atormentada,/ eso es todo lo que queda desde que se fue de aquí…”.

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