Opinión

La ‘milonga’ y la evolución de la ‘Danza’

Isaac Otero | 16 de abril de 2018

La “milonga”, a juicio del gran filósofo del “lunfardo” que fuera Don José Gobello, durante tantos años presidente de la Academia Porteña del Lunfardo de Buenos Aires, es una voz de lengua “quimbunda”, un número plural de “mulonga”, cuyo significado es ‘palabra’, esto es, la palabra de los “payadores”. Recordemos cómo en 1872 –fecha en que José Hernández vio la Primera Parte de su Martín Fierro, la denominada “biblia gaucha”– este vocablo había adquirido la semántica de “reunión”, baile incluido: “Supe una vez, por desgracia,/ que había un baile por allí,/ y medio desesperao/ a ver la milonga fui”.

Transcurrida una década, la “milonga” era la danza popular por antonomasia. Leamos las detalladas páginas del escritor Ventura Linch: “En los contornos de la ciudad la milonga está tan generalizada que es una pieza obligada en todos los bailecitos de medio pelo, que ora se oye en las guitarras, los acordeones, un peine con papel y en los musiqueros ambulantes de flauta, arpa y violín. También es ya del dominio de los organistas que la han arreglado y la hacen oir con un aire de danza habanera. Ésta la bailan también en los casinos de baja estofa de los mercados ‘11 de Septiembre’ y ‘Constitución’, como en los bailables y los velorios”.

La proyección de la danza, aún sin los notorios perfiles de “tango” –a criterio de Rossi–, tuvo lugar en aquellos “cuartos de chinas”. “Se les llama así –señala–, en ambas bandas del Plata, a las habitaciones que ocupaban las mujeres de la impedimenta de los batallones en las proximidades de los cuarteles. Eran negras, mulatas, aborígenes y mestizas, también algunas blancas. En los días y noches de franquicia ‘milica’ se formaban entretenidas y ruidosas reuniones en aquellos cuartos”. Tampoco olvidemos que asimismo asistían civiles, orilleros curtidos, amigos de la casa: los más útiles, los músicos y cantores, porque no se concebía ninguna tertulia sin música, canto y una llamada “vueltita”. Cuando la “milonga” echaba a correr por el barrio, las vecinas –en buena armonía con la dueña del “cuarto” en que se realizaba– iban a “dar brillo” a aquella reunión. Entonces se “armaba el baile”, al cual acostumbraba a ser de gran ayuda algún que otro acordeón, el instrumento preferido en esas ocasiones, hábilmente interpretado por el “criollo”. “Se bailaba en pareja, abrazados hombre y mujer, como en los bailes de ‘sociedad’, lo que también se llamaba ‘a la francesa’, por suponerse proveniente de París esa costumbre, pero saltaba de inmediato a la vista la diferencia técnica de las parejas familiares o ‘de sociedad’ con las orilleras”, nos ilustra el excelente poeta y ensayista porteño Horacio Salas en su obra El tango, editorial Planeta, Buenos Aires, 1ª edición, agosto de 1986.

“La preferida (en esos casos) era la Danza, de origen africano-antillano, que los franceses transportaron a su país en la época del ‘Can-Can’, en atención a la sensualidad suave y serena con que se compensaban las liviandades furiosas de aquél”. El “orillero” sometió después a su tan artística como atrevida disposición esa “Danza” que el marinero cubano regaló a las noches de los “boliches” portuarios. Por lo que su segundo nombre, poco a poco, fue “habanera” debido a su origen. Cuando esa “Danza” se “acriolló” en las tertulias “orilleras”, obtuvo su tercer nombre: la “milonga”.

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