Opinión

Miguel A. Camino y Carlos de la Púa: el “baile orillero”

Isaac Otero | 25 de junio de 2018

“Éste es el baile orillero por excelencia; él da lugar a que el compadre luzca habilidades cínicas, en que demuestra toda la agilidad de su cuerpo y la resistencia de sus pies”. Así leemos en la revista Caras y Caretas –con la firma de Goyo Cuello– en su edición del 11 de marzo de 1904, con el atractivo título de Baile de moda, un artículo que ocupa página entera. Además, Miguel A. Camino, en el ámbito de aquel Buenos Aires de inicios del siglo XX, aún agrega mayor precisión geográfica: “Nació en los Corrales Viejos/ allá por el año ochenta”. Imagina que el origen de la danza no fue sino una mímesis de las imágenes que, a la luz de los faroles, encendían las idas y venidas de la “esgrima orillera”, al decir de Horacio Salas en su libro El tango (ensayo preliminar de Ernesto Sábato), Editorial Planeta, Buenos Aires, agosto de 1986, 1ª edición.

“…Y los duelos a cuchillo/ le enseñaron a bailar”. Así matiza en los primeros versos de El tango, publicado en 1926, para enfatizar más adelante: “Así en el ocho/ y en la sentada/ la media luna/ y el paso atrás,/ puso el reflejo/ de la embestida/ y las cuerpeadas/ del que se juega/ con su puñal”.

Si leemos al poeta “lunfardo” Carlos de la Púa a través de su libro La crencha engrasada, comprobaremos sus definiciones: “Baile macho, debute y milonguero, / danza procaz, maleva y pretenciosa,/ que llevás en el giro arrabalero,/ la cadencia de origen candombero/ como una cinta vieja y asquerosa”.

“Pasión de grelas de abolengo bajo/ de quien sos en la bronca de la vida,/ un berretín con sensación de tajo,/ cuando un corte las quiebra como un gajo,/ o les embroya el cuero una corrida”, continúa el gran Carlitos de la Púa. Caso de que queramos abordar la etimología del vocablo “tango”, sentaremos la diferencia entre el tango “rioplatense” y el tango “andaluz”. Son numerosas las hipótesis alrededor del étimo “tango” desde los primeros balbuceos de la danza. La voz “tango” vio la luz tiempo antes de que existiese el “baile”, tal como se lo conoció hacia finales del siglo XIX. El Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, ya en su 1ª edición de 1803, la registra como variante de “tángano”, esto es, “el hueso o piedra que se pone en el juego de este nombre”.

Ahora bien, el nunca olvidado filólogo Enrique Corominas –en su Diccionario Etimológico– registra la voz como empleada desde 1836. He ahí la definición que de ella da: “(Baile argentino). Aparece primeramente fuera de América como nombre de una danza de la isla de Hierro, en Canarias, y en otras partes de América con el sentido de reunión de negros para bailar al son de un tambor, y como nombre del tambor mismo. Éste y otros análogos constituirán el sentido primitivo; es probable que se trate de una voz onomatopéyica. “Tangue”, cierta danza, femenino, que aparece en Normandía en el siglo XVI, y el alemán “Tingeltangel”, café concierto de 1872, serán de formación paralela, aunque independiente”.

En las dos ediciones siguientes, el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua no nos presenta variantes, tanto en la de 1869 como en la de 1884.

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