Opinión

Luchas y mitologías de los fueguinos

Isaac Otero | 21 de junio de 2021

“En ese tendal de ‘sélknames’ yacía, dado por muerto, el deforme ‘Hachai’, guerrero cabezudo, contrahecho y rencoroso, al que luego presentaron como pescadito de cabezota guampuda. Cuando los vencedores abandonaron el campo, ‘Hachai’ se replegó con sigilo y se ocultó hasta reponerse. ‘Interim’, rumió la venganza, iniciada en el odioso seguimiento de ‘Alespor’. Al fin, tropezó con la oportunidad del desquite”, nos relata el historiador Juan E. Belza en su imprescindible estudio Romancero del topónimo fueguino. Discusión histórica de su origen y fortuna, Publicación del Instituto de Investigaciones Históricas, Tierra del Fuego, Argentina, 1978.

Pues, en efecto, una calurosa mañana descendían las aguas por la roja playa de “Tais”, próxima a Irigoyen. Un centenar de “aus” –deseosos de pescado y marisco– perseguían a la marea sobre la restinga. Pese al contraluz, se lo distinguía desde las barracas debido a su escarlata guedeja y pieles de zorro. Entonces “Hachai” apostó en las alturas un cerco de guerreros. Dada la señal, una copiosa lluvia de flechas silbó en el aire. La mayor parte de los “aus” se retorcieron, ensangrentados, sobre la arena. Hubo algunos que se arrastraron intentando la huida. Atrapados, no obstante, entre la mar creciente y los flecheros “sélknames” parapetados en las rocas, tiñeron de rojo aquellas aguas costeras.

“Hachai” buscó, pues, de manera personal el cadáver de “Alespor”. En tanto, su novia, herida de muerte, se agitaba por el piso hasta que –metamorfoseada en gaviotín blanco con reflejos rosados en las plumas– voló hacia el mar. Sobrevivieron, en fin, sólo algunos cazadores rezagados en el bosque, los cuales formaron la pequeña tribu conocida por argentinos y europeos. Después de estos memorables combates, los días del calendario amainaron en algo los conchales de Ushuaia. “Cincuenta siglos hace arribaron al ‘Beagle’ unos canoeros más modernos que venían saltando por las islas del oeste. Primero los ‘alacalufes’, y cuando éstos se retiraron, los ‘yamanas’ –señala el ilustre profesor Belza–. Eran gente más pequeña, de figura disforme, tronco poderoso y piernas esmirriadas”.

Estos habitantes, siendo hábiles y feroces, se nutrían de los frutos del mar. Como hormigas, deambularon sobre los bordes de todas las islas australes. A ellos se debe el vocablo “Ona”, esto es, “gentes o vientos del norte”, con el cual durante mucho tiempo se arrugó a los indígenas cazadores de la isla. La cordillera, eso sí, los salvó de los temibles vecinos. La costa, empero, los relacionó con los disminuidos “aus” y sus sanas costumbres. Para los “aus” eran “uowen”: ocuparon el litoral hasta “Valentín”, la región “yamana” o “uowen arwen”.

Así, los aconteceres se adelantaron a causa de la apertura del “Atelili”. Una nueva conmoción histórica, “habría de modificar la vida del confín”, agrega Juan E. Belza. En esta ocasión el suceso se registró a veinte mil quilómetros al norte de Gable, centro del mundo de los “Yamanas”. Eran personas y países lejanos hasta para la fantasía de los habitantes australes. Otra encrucijada del devenir de la historia, en las riberas del Mar Mediterráneo.

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