Opinión

La leyenda viva del tirano Aguirre y las tierras de Venezuela

Isaac Otero | 03 de agosto de 2020

“El tirano Aguirre, robusto vizcaíno, era una de las figuras más representativas de la historia de las Indias. Miembro relativamente subordinado de una expedición de cuatrocientos hombres y cuarenta caballos que Cañete, virrey del Perú, mandó a explorar el Marañón, al mando del navarro Ursúa, Aguirre logró trepar hasta el mando absoluto de la expedición mediante una serie de asesinatos audaces”, escribe el insigne historiador y escritor Salvador de Madariaga Rojo en su imprescindible obra Bolívar, Editorial Espasa-Calpe, Madrid, 1951, segunda edición, Madrid, 1975.

El vizcaíno Aguirre, emulando la hazaña de Orellana, alcanzó, río abajo, el mar; luego, mar adentro, hacia el norte, llegó hasta Margarita y Tierra Firme. Durante el transcurso de este viaje desafió rotundamente la autoridad del rey Felipe II, declarándose libre y enemigo de su rey a través de una carta de insólita soberbia e insolencia. Tal rebeldía del tirano Aguirre era desconocida en Margarita, cuando llegó fingiendo “lealtad y conducta intachable”, hasta el punto de que consiguió apoderarse del Gobernador, a quien apresó y dio muerte. Fue entonces cuando asesinó a Ana de Rojas, una de las antepasadas de Bolívar.

“Por temor a Fajardo que se acercaba con otra fuerza, Aguirre se pasó con su gente a la Costa Firme, donde saqueó a Burburata, y luego a Valencia y Barquisimeto”, continúa Salvador de Madariaga. Sus soldados, empero, hallaron hojas en las que el Gobernador les concedía plena amnistía, en el caso de que abandonasen al rebelde. Tamaña maniobra, para Aguirre, fue el principio del fin. Al poco, fue apresado por la autoridad, aunque, eso sí, asesinado por los suyos el 27 de octubre de 1561. El mismo Madariaga desarrolló este episodio en su libro Cuadro histórico de las Indias. ‘Introducción a Bolívar’, Buenos Aires, 1945.

Así, pues, el nombre del tirano Aguirre se convirtió en leyenda viva cuya perennidad cristalizó en la canción y el romance a lo largo del país. Alma siniestra que, según las gentes, vaga como ánima en pena, inconsolablemente, durante las lóbregas noches, cuando –expulsado hasta del mismísimo Infierno– retorna sobre la tierra, ardiendo en llamas. Fuego que sale del suelo, sobre todo donde existen yacimientos de aceite mineral. Ante la figura de Aguirre, los pobladores de las Indias contemplaron la “encarnación” más nítida de los “dos rasgos políticos” que afligen al español: la “dictadura” y el “separatismo”.

Merced a su propio instinto, Aguirre se designó a sí mismo así: “Fuerte Caudillo de la Nación Marañona”. Dicho de otro modo, dueño irresponsable y anárquico de una nación imaginaria. He aquí, al desnudo, siguiendo a Madariaga, “la médula de tantos movimientos de separatismo y dictadura anteriores y posteriores a sus días, sin excluir el que iba a hacer ilustre el nombre del Libertador Simón Bolívar”.

A juicio de Salvador de Madariaga, el estado caótico en que fue medrando Venezuela a través del siglo XVI era, en parte, causa; y, en parte, efecto de la ausencia de clero e instituciones eclesiásticas. Cuando el Padre Pedro de Agreda –segundo obispo de Venezuela– llega a Coro en 1560, tiene que hacer de párroco y organizar escuelas, incluso enseñar latín.

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