Opinión

Islas Cíes: geología e historia

Isaac Otero | 05 de octubre de 2020

Las Cíes albergan su génesis –entre otros procesos– en movimientos tectónicos –elevaciones y hundimientos de bloques– asociados al origen de las Rías Gallegas, acontecidos desde mediados del terciario o cuaternario, esto es, hace millones de años. El sustrato geológico está constituido, casi en su totalidad, por el granito de dos micas. Si consideramos el relieve de las islas, éstas nos ofrecen dos vertientes cuyas características morfológicas son diferentes. La vertiente occidental conforma la costa abrupta de las islas, donde la acción erosiva del mar da lugar a altos acantilados y cuevas, en lengua gallega denominadas “furnas”.

Caso de estimar la vertiente oriental, ésta se caracteriza por un perfil mucho más suave, pues se halla protegida de la acción erosiva del viento y del mar, de manera que permite la formación de playas y dunas. ¿Los tipos de suelos presentes? Naturalmente, van unidos a la topografía. De modo que en las laderas se observan fuertes pendientes esqueléticas; en la vertiente occidental existen suelos desarrollados sobre materiales disgregados; en las áreas protegidas de la erosión y con buena cobertura vegetal aparecen “Cambisoles”, en tanto que en el litoral arenoso hay “Arenosoles”. Todos ellos, en general, son suelos pobres y con escasas posibilidades.

Así, pues, las islas Cíes presentan aspectos que diferencian este territorio de la mayor parte de la Galicia atlántica y que condicionan las especies vegetales que en ellas se desarrollan.

La escasa precipitación anual –877mm., es decir, casi la mitad de lo que llueve en Vigo–, al igual que la destacada sequía estival, da lugar a unas condiciones equiparables a las regiones de clima mediterráneo. Es preciso señalar, además, un factor que en el archipiélago adquiere una vitalísima importancia: la existencia de vientos con altos contenidos en sales que repercuten negativamente en cuanto al desarrollo de los árboles.

Ya en épocas muy antiguas los seres humanos visitaron y habitaron las islas Cíes, otrora denominadas “Siccas”, esto es, “secas”. ¿Y cuál fue el primer asentamiento evidente del que se tiene constancia clara? Se trata de la Edad de Bronce (500-100 a.C.), y es el “castro” situado en las laderas del Monte Faro (“Castro das Hortas”). Los romanos asimismo conocieron las Cíes. Autores e historiadores tales como Estrabón, Plinio o Ptolomeo –quien las llamó “Deidirum insulae” o “islas de los dioses”– las mencionan en diversos escritos. Al iniciarse la Edad Media aparecen en las islas –tan idóneas para el retiro y la vida contemplativa– dos “eremitorios”: uno en la isla Sur o de “San Martín”; y otro en la isla del Medio o de “San Esteban”. Éste, más adelante, se consolidará como monasterio de la Orden Benedictina –en el siglo XI–, con advocación a San Esteban. Ya en el siglo XIV es cedido a la Orden de los Franciscanos.

Si atendemos, digámoslo así, a la Edad Moderna –siglo XVI–, el célebre y temible pirata inglés Francis Drake recaló frecuentemente en las islas. Evoquemos cómo las pertinaces incursiones de corsarios y piratas que, por entonces, asolaban las islas, provocaron, como es obvio, un “despoblamiento” de las mismas.

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