Opinión

La inmigración europea, según Sarmiento y Alberdi

Isaac Otero | 17 de septiembre de 2018

Acerca de la inmigración europea en la Argentina, el gran poeta y ensayista bonaerense Horacio Salas en su magno estudio El tango (ensayo preliminar de Ernesto Sábato), Editorial Planeta, Buenos Aires, 1ª edición, agosto de 1986, asevera: “Idealmente el llamado abarcaba a todos los hombres del mundo que quisieran habitar el suelo argentino. En los hechos, la medida no favoreció, como pensaban sus ideólogos, el traslado de un selecto conjunto de profesionales, maestros, científicos, intelectuales y artistas. No se advirtió que los integrantes de ese estrato económico y social al que se aspiraba atraer, salvo casos de exilio, no abandonan los espacios ocupados en su propio terruño para lanzarse a la aventura de la inmigración”.

“A ese utópico cuadro que imaginaban desembarcando en el puerto de Buenos Aires, habrían de sumarse –fantaseaban– millares de agricultores especializados y experimentados ganaderos, capaces de mejorar la hasta entonces descontrolada producción agropecuaria nacional”, agrega el escritor Horacio Salas. “En el caso del ganado vacuno, por ejemplo, en la pampa sólo se aprovechaban el cuero y unos escasos cortes de carne, en especial la lengua”. Será momento ahora para recordar aquellas palabras del escritor y educador Domingo Faustino Sarmiento: “De la fusión de estas tres familias (españoles, negros, indígenas) ha resultado un todo homogéneo que se distingue por su amor a la ociosidad e incapacidad industrial, cuando la educación y las exigencias de una posición social no vienen a ponerle espuela y sacarla de su paso habitual”. Texto de 1845.

Por las mismas fechas, el político y ensayista Juan Bautista Alberdi –en El Mercurio, diario de Santiago de Chile– explicaba así tal fenómeno social: “Cada europeo que viene nos trae más civilización en sus hábitos, que luego comunica a estos países, que el mejor libro de filosofía. Se comprende mal la perfección que no se toca y se palpa. El más instructivo catecismo es un hombre laborioso”. Y añadía: “¿Queremos que los hábitos de orden y de industria prevalezcan en nuestra América? Llenémosla de gente que posea hondamente estos hábitos. Ellos son pegajosos: al lado del industrial europeo, pronto se forma el industrial americano”.

Sarmiento y Alberdi, tras esta bondadosa imagen de la inmigración, se retractarían con posterioridad. La realidad en seguida mostró su falta de adecuación a aquellas expectativas. Porque esos “idealizados” europeos que significaban los valores de la civilización –a excepción de pocos casos y por causas rigurosamente políticas, como, por ejemplo, la derrota de la “Comuna” de París o de los “carbonarios” de Italia– no eligieron el camino de la inmigración. “Los que se arriesgaban a un viaje de esa magnitud para buscar un destino mejor eran, en su enorme mayoría, aquellos a quienes la miseria arrojaba de zonas paupérrimas de Europa”, continúa Horacio Salas. “Como Galicia en España, pueblos cercanos a Nápoles y Génova, la isla de Sicilia o la región calabresa. Eran también judíos que huían de los reiterados ‘pogroms’ de Rusia y Europa Central’.

La realidad sociológica nos remite a los datos con toda su crudeza. Personas analfabetas, sin oficio ni profesión alguna. Muchos de ellos con la posible adquisición, a muy bajos precios, de tierras de cultivo.

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