Opinión

La inmigración en la Argentina: estadísticas de población

Isaac Otero | 22 de octubre de 2018

“Los folletos de propaganda prueban la magnitud del engaño, acaso inconsciente, al que fueron sometidas esas personas, en su mayor parte provenientes de regiones campesinas, que sólo se podían defender como agricultores. Se encontraron con una estructura social de tipo feudal donde la tierra ya estaba repartida en manos de unos pocos terratenientes, y ante la imposibilidad de dedicarse a la tareas para las que estaban capacitados, debieron improvisarse en nuevas labores y permanecer en la periferia de las grandes ciudades, en especial y casi exclusivamente en las orillas de Buenos Aires”, afirma el prestigioso poeta y ensayista Horacio Salas en su imprescindible obra El tango (ensayo preliminar de Ernesto Sábato), Editorial Planeta Argentina, Buenos Aires, 1ª edición, agosto de 1986.

De modo que los inmigrantes con estudios y cultura que “habrían de poblar el desierto” –ya que, según la reiterada expresión del ensayista Sarmiento, por aquel entonces, “el mal que aqueja a la Argentina es la extensión”–, tras haber realizado la navegación atlántica, se convertían en “gringos” desclasados, que “para colmo de todos los males”, se decía, ya habían escuchado el zumbido de las “ideas anarquistas” en sus respectivos países.

El hecho es que, desde el instante en que la Legislatura de la Confederación autorizó la entrada “irrestricta” de inmigrantes, las cifras de la población superaron los límites aguardados. De 1.300.000 habitantes en 1859 se pasó a 1.737.076 al cabo de diez años. En 1895 fueron los 3.954.911. Y para el censo de 1914 se transformaron en 7.885.237. Justo cuando la guerra europea “cortó el flujo inmigratorio”. Con tales estadísticas a la vista, ¿cuál era el porcentaje de extranjeros? Los siguientes: el 13,8 por ciento en 1859. El 24 por ciento en 1895. Y en 1914, el 42,7 por ciento. A todo ello podríamos agregar que, del total de la inmigración, el 50 por ciento se quedó en la metrópolis de Buenos Aires, malviviendo en los enjambres denominados “conventillos”.

No estaría de más recordar que estos haces de extranjeros fueron asimismo los que acicatearon la creación de aquellas “primeras asociaciones gremiales de la Argentina”, como señala el escritor Horacio Salas. Además, ellos naturalmente impulsaron las primeras huelgas que conoció el país. ¿La pionera? Como en otros países de origen, los tipógrafos, llevándose a término en 1878. Digamos que la oligarquía trató de reaccionar de manera contundente por indecibles métodos, reprimiendo huelgas de trabajadores. Se instauró la “Ley de Residencia”, según la cual “se podía deportar” a los agitadores extranjeros. Era, no obstante, una decisión tardía. El “aluvión inmigratorio” ya había metamorfoseado la faz de Argentina, con la que soñaron primeramente los desterrados y después los “liberales” de la década de 1880.

“La clase dirigente intentó reaccionar exaltando tardíamente las virtudes del ‘gaucho’ que ya no existía y que se había obligado a emigrar a los límites de la ciudad”, señala Horacio Salas. En efecto, el “gaucho” se había transformado en “orillero”, de tal suerte que, incluso a su pesar, formaba parte de la misma clase de inmigrantes a quienes continuaba expresando su desprecio, si bien no dejaba de compartir idéntica pobreza, así como iguales brújulas de sueños y esperanzas.

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