Opinión

¿Por qué la “inclinación” de los pilares en la colegiata de Sar?

La reveladora “inclinación” de los pilares del interior de la iglesia de Santa María a Real de Sar –imprescindibles elementos para la correcta sujeción de la estructura de este templo– es una de las características más singulares de esta construcción del arte Románico. Con la ineludible comparación, salvando las formas y las distancias, de la célebre Torre de Pisa, en Italia, constituye uno de sus símbolos plenos de seducción artística.

Varias fueron, en tal sentido, las teorías que vieron la luz a lo largo de estos años acerca de este fenómeno, que se resiste a tener como origen una única causa. Ciertamente que la coincidencia de diferentes factores relacionados con algunas deficiencias en la construcción o bien con la naturaleza pantanosa del terreno donde se sitúa el edificio –muy cercano al río Sar–, presuponen algunas de las razones que acaso podrían explicar tal evidencia en cuanto a la llamativa “inclinación”.

Así, pues, entraña credibilidad la construcción, huérfana de previsión, de las naves laterales de la iglesia a una altura muy similar a la de la nave mayor. De modo que redujo la función de “contrarresto” que éstas ejercen para sostener la presión de la bóveda central. Y ello, unido a la escasa solidez del suelo, influyó, claro es, en la pérdida del necesario equilibrio del templo. El progresivo aumento de la “inclinación” de los pilares de la iglesia de Sar fue la causa total de su inevitable y paulatino deterioro.

Ahora bien, los iniciales indicios de su deficiente estado brotaron en 1662, en que ya se manifiestan grietas tanto en la fachada principal del templo como en el coro, lo cual exige apuntalar ambas partes. En 1669 el arquitecto Melchor de Velasco da información acerca de la urgencia de reparar –por riesgo de derrumbamiento– las bóvedas de las naves central y latelares. E igualmente los arcos que sujetan el coro. A mayor abundamiento, el claustro y las dependencias  monásticas asimismo reflejan los primeros pasos para llegar a verse afectados.

Nos hallamos en 1690, veintiún años más tarde. Los arquitectos compostelanos Domingo de Andrade y Diego de Romay redactan un “alarmante informe” en torno a la situación de la iglesia, la cual –a juicio de ambos– precisa una “intervención inmediata”. El hecho es que la precariedad económica por la que en esta época atraviesa la “colexiata” tan sólo permite el “apuntalamiento” sucesivo de los elementos que amenazan con venirse abajo. Durante años posteriores prosiguen los “informes negativos” al tener presente el “inminente estado de la ruina” de la iglesia, casi totalmente sujetada por “puntales de madera”.

Fernando de Casas Novoa, uno de los afamados arquitectos de la época en Compostela, certifica en 1720 la “imprescindible reedificación” de la iglesia. También se ven afectadas las habitaciones de los canónigos al igual que el claustro. Hasta el extremo es el empeoramiento que incluso se considera la posibilidad de derrumbar la iglesia y construir una nueva. Se evita la demolición y se repara de forma definitiva en 1732. Se conserva la casi totalidad del templo medieval, excepto la mitad superior de la fachada principal donde se localizaba el “rosetón”.

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