Opinión

Tras las huellas del arte Románico en O Ribeiro

Continuamos el curso del río Arenteiro, a su paso por tierras de O Carballiño. He aquí el Parque Etnográfico de O Arenteiro constituido por molinos restaurados y cuyo propósito es dar a conocer los usos tradicionales del río. Si proseguimos este paseo fluvial desde Ponte Veiga, alcanzaremos el acervo etnográfico, encaminando nuestros pasos por pasarelas de madera o bien adentrándonos en senderos de copiosa vegetación. Un circuito, pues, de cinco quilómetros que, merced a los puentes que comunican ambas márgenes, nos permite ir cambiando de orilla.
Nos apropincuamos a alguno de los establecimientos del centro de la localidad a fin de saborear, sin prisa pero sin pausa, una ‘cunca’ del irrepetible “viño de O Ribeiro”. Y si el estómago acepta algo sólido, se nos muestran los platos de exquisita carne ‘richada’, unas anguilas o una sabrosísima ración de pulpo ‘á feira’, un clásico de la comarca carballinesa. ¿De postre? Sin duda, las irresistibles ‘cañas’ de crema. Vamos hacia el este, porque en este ‘concello’ de Boborás nos esperan muchas y preciadas joyas arquitectónicas. Ante nuestra vista, el santuario de la Virgen de la Saleta –de anual fervor popular–, de estilo barroco, que anida en un denso bosque pleno de espiritualidad y encuentros de pasada emigración gallega a América y Europa. En este mismo municipio, también contemplamos la iglesia románica de San Xiao de Astureses: fundada por la Orden de los Templarios en el siglo XII, dos siglos después fue incorporada a la Orden de San Juan de Malta. Su estructura de arte románico la mantiene: una sola nave y una singular cabecera semicircular.
Más adelante, rastreando las huellas del Románico, llegamos a la iglesia de San Martiño de Cameixa que, pese a sufrir reformas en los siglos XVIII y XIX, todavía conserva esa atmósfera medieval reflejada en la piedra bien tallada y moldeada. Entre la fronda del bosque continuamos el camino empedrado hasta la cumbre, en la cual se oculta la iglesia de San Mamede de Moldes, levantada durante el siglo XII sobre un vetusto ‘castro’ e integrada en el cementerio. A los pies de este santuario, un conjunto etnográfico conformado por un cobertizo de feria así como por un antiguo camposanto, al que los colores del crepúsculo le provocan abandonar el aire frío de su piedra.
Nos hallamos en el ‘concello’ de Leiro, cuyos guardianes son los admirables y polícromos bancales. He ahí el monasterio de San Clodio, fundado por los monjes del Císter: cenobio construido en el siglo XII y a disposición de los monjes benedictinos, quienes lo transformaron en un núcleo de gran prosperidad agrícola. ¿Cómo no entenderlo, si desde este monasterio se introdujo la vid en la comarca? En su fachada…¡la cruz de Caravaca, más conocida como la “Divina Reliquia”, que era venerada por los aldeanos por liberar las vides del granizo!
Ahora nos internamos en la hermosa aldea de Gomariz. Bien arriba, nos saluda la iglesia –de finales del siglo XII–, desde donde tenemos el privilegio de contemplar el serpenteante curso del río Avia. ¡Febrero y marzo de bellas mimosas, cuando el monte se tiñe de color amarillo y se impregna de su sensual aroma! Aún podemos apreciar la bancada del muro y los canecillos del alero como signo del santuario original, vinculado a los monjes del monasterio de San Xusto de Toxos Outos, en Lousame.

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