Opinión

Historia y arte funerario del Cementerio de Pereiró de Vigo

Isaac Otero | 11 de noviembre de 2013

La historia del Cementerio de Pereiró de Vigo corre pareja –en el último tercio del siglo XIX– con una época de excelente prosperidad económica. Los barcos trasatlánticos enlazan de manera regular esta ciudad gallega con La Habana y Buenos Aires y Puerto Rico. Por otra parte, Ourense y Vigo se hallan tan unidas por ferrocarril desde 1881 que las comunicaciones se acrecientan. Nuevos “rellenos” permiten ampliar en la ciudad las instalaciones portuarias, las fábricas de salazón y demás industrias, extendiendo y transformando así el paisaje urbano. En 1880 también se funda la titulada “Caja de Ahorros Municipal de Vigo”, de modo que en las calles y avenidas se yerguen construcciones cada vez más ambiciosas. La población alcanza los 15.000 habitantes y los fallecidos son ya entre 300 y 350 al año.

He aquí entonces que los dos cementerios del municipio vigués quedan insuficientes. El cementerio de ‘Picacho’ sólo tiene 4.600 metros cuadrados y, por otro lado, en el cementerio de ‘Santiago’ los vecinos se niegan a enterrar a sus difuntos porque las tumbas se hunden en las tierras pantanosas. Por ello, en 1889, la Corporación Municipal da inicio a los trámites a fin de crear un nuevo camposanto, moderno e higiénico a la vez. No es fácil encontrar terrenos libres por la elevada densidad de la población. Por fin se opta por el lugar de ‘Pereiró’, en la parroquia perteneciente a Santa María de Castrelos. Un cuadrado de 260 x 260 metros para un camposanto de 67.750 metros cuadrados, de los cuales 43.652 metros cuadrados se dedican a panteones y sepulturas ordinarias, fosa común y cementerio civil, repartidos en cuadrados rectilíneos, separados por vías amplias y arboladas. Se realizan 121 expropiaciones, pagándose por ellas 38.604 pesetas, con un presupuesto total para el cementerio de 98.691,84 pesetas. El Ayuntamiento recibe el cementerio en 1898 y muy pronto tiene lugar el primer enterramiento: el del niño de once años José Rodríguez Rodríguez. Al mismo tiempo la floreciente burguesía viguesa alza artísticos panteones y templos; en seguida hace traer los restos de sus familiares otrora enterrados en el cementerio de ‘Picacho’. Acá encuentran reposo grandes personajes históricos, tales como la egregia penalista y defensora de los derechos sociales Concepción Arenal o el acaudalado benefactor José García Barbón. Igualmente, políticos y afamados industriales del mundo de la conserva de pescado. Y naturalmente muchas gentes humildes que, merced a su trabajo, labraron el destino de la reconocida ciudad portuaria y fabril de Vigo, al igual que de este cementerio, que constituye una porción de su propia historia.

Entre las célebres figuras históricas hallamos en este camposanto al cineasta vigués Cesáreo González, creador de ‘Suevia Films’. Igualmente a las familias de origen catalán o asturiano que fueron pioneras de la industria conservera viguesa como los ‘Massó’, ‘Alfageme’, ‘Albo’ y ‘Curbera’, entre otros. Henos ahora ante el héroe de la guerra de la Independencia Bernardo González do Val, apodado ‘Cachamuíña’, traído del cementerio ourensano de Prexegueiro. Ahí Ricardo Mella, escritor y pensador libertario. José Elduayen Gorriti, ministro que abolió la esclavitud en España. Heraclio Botana, líder obrero asesinado en 1936. En cuanto al arte funerario, dejaron aquí su impronta arquitectos como Jenaro de la Fuente, Manuel Gómez Román o Francisco Castro. Canteros como José Fernández y Pepiño ‘Fainichos’, un artista anterior a la época de la guerra civil. Y escultores como Francisco Asorey y Henry Godet.

Más acciones:

Crónicas de la Emigración en la red

Boletín de noticias

Si quiere recibir información actualizada de Crónicas de la Emigración, envíenos su correo electrónico.
Suscribirse al boletín

Hemeroteca