Opinión

La ‘habanera’, la ‘payada’ y la ‘milonga’ en Argentina

"Los conflictos armados que siguieron al combate de diciembre de 1873 en los campos de Don Gonzalo fueron simples enfrentamientos por intereses políticos o ambiciones personales, dirimidos entre sectores que aspiraban –con pequeñas variantes– a un similar modelo de país dependiente: así se pueden contabilizar la revolución de Mitre de 1874, tras las elecciones que dieron la presidencia a Nicolás Avellaneda, algunos microlevantamientos provinciales, y por último el infructuoso intento de resistencia porteña a la capitalización de Buenos Aires, encabezado por Carlos Tejedor y Bartolomé Mitre en junio de 1880”, escribe Horacio Salas, a propósito del contexto socio-político del postrer tercio del siglo XIX en la Argentina, en su obra El tango, Editorial Planeta, Buenos Aires, 1ª edición, agosto de 1986.

“Un año antes, el general Julio A. Roca, el próximo presidente de la República –prosigue el poeta y ensayista Horacio Salas–, había dado fin a una campaña de exterminio contra las tribus indias cuyas correrías ponían límite al avance de la civilización portuaria e incontaminadamente blanca asentada en el Río de la Plata”. Cuando tuvo lugar la elección de Buenos Aires como sede del gobierno central y “cabeza de la Argentina”, este nuevo país emprendía su camino: el de la economía agroexportadora, la cual estaba unida –por vínculos coloniales– al Imperio Británico. Asimismo regido por una élite cultural afrancesada, además de desplegar la energía del trabajo proveniente de la inmigración. “En ese marco habría de insertarse el tango”, agrega Horacio Salas.

Ahora bien, aquellas plazas de carretas y los mercados de las frutas, que se ubicaban sobre los arrabales de la ciudad, eran el punto límite al cual llegaban los “gauchos”: generalmente “peonada” de los “latifundios oligárquicos”. He ahí el nexo de encuentro entre las dos culturas –la rural y la urbana– que se abría, desde luego, a un activísimo “intercambio de canciones”. Aquellos que provenían del campo se “misturaban” con la “moda” de Buenos Aires. Así, pues, en la “rueda del mate” o bien en  el “asado nocturno”, raro era que faltasen los “sones del payador”, capaz de “filosofar” acerca de la vida y la muerte, el amor y la soledad o el transcurrir del tiempo. Tras los días de la batalla de Caseros ya había sentado raíces en la ciudad portuaria la “habanera cubana”, apropincuada por los marineros que llevaban a cabo la ruta comercial entre los puertos del Caribe y los del Plata.

“La habanera, que ya comenzaba a sufrir la influencia de los ritmos peninsulares –señala Horacio Salas–, al arribar a esta región argentina, pronto se dejó mixturar con la ‘milonga’, heredera de la antigua ‘payada”. Una poética improvisada de la campaña del Uruguay y de la provincia de Buenos Aires, la “payada” que, al llegar al suburbio, se había metamorfoseado en “milonga”. Vicente Rossi –en su célebre Cosas de negros– escribió: “La milonga es la payada pueblera. Son versos octosílabos, que se recitan con cierta tonada no desagradable, matizada de intervenciones adecuadas de la guitarra, llenando los compases de espera entre una estrofa y otra un punteado característico de tres tonos, mientras el milonguero resuella o respira. Es canto con las improvisaciones de la memoria popular. Es payada, cuando en vez de recitar, se improvisa. Seis versos la de los payadores. De cuatro, la de los milongueros”.

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