Opinión

‘El guapo’ del 1900, realidad y leyenda de Buenos Aires

Isaac Otero | 06 de mayo de 2019

Durante la primera década de 1900 nació aquel grupo de personajes con la actividad artística de cantar y, además, incluir algunos tangos dentro de sus “repertorios”. Henos, pues, ante un sinnúmero de partituras de la época, incorporando letras aptas para ser cantadas tanto por un hombre como por una mujer. Testimonio de ello nos lo concede Cuidado con los cincuenta, obra de Ángel Villoldo, quien se caracterizó por expandir creaciones propias, la mayor parte de ellas acompañadas de letra. Evoquemos otros nombres de la época: el matrimonio Flora y Alfredo Gobbi. Asimismo, Dorita Miramar, Linda Thelma, Arturo Mathon y la tan celebrada Pepita Avellaneda –esto es, Josefina Calatti–, estimada como la primera “cancionista” del tango. No olvidemos que exclusivamente para su figura, el gran Ángel Villoldo le agregó unos versos “acupletados” nada menos que a la composición de la “vieja guardia” titulada El entrerriano, cuya autoría corresponde a Rosendo Mendizábal: “A mí me llaman Pepita, jai, jai,/ de apellido Avellaneda, jai, jai,/ famosa por la milonga, jai, jai,/ y conmigo no hay quien pueda”.

“La ciudad era baja, salpicada por amplios baldíos y calles de tierra. Un viaje hasta el centro era una aventura tranviaria que se preparaba con anticipación. Por eso la gente de los barrios, poco adicta a las novedades, prefería permanecer en ellos salvo razones de trabajo”, escribe el poeta y ensayista Horacio Salas en su esencial obra El tango (ensayo preliminar de Ernesto Sábato), Editorial Planeta Argentina, 1ª edición, Buenos Aires, agosto de 1986.

Por aquel entonces la vida se centraba únicamente en muy pocas “cuadras” o “manzanas”. ¡El pasear por la calle Florida no era, desde luego, asunto de pobres! “Los barrios tenían sus límites y personajes familiares. Uno de ellos, temido, envidiado y respetado, era ‘el guapo’ –señala Horacio Salas–. Ser reconocido como tal era el título máximo de la ‘hombría’. Claro que ello lo lograba “sin estridencias” ni “golpes de suerte”. No era, por tanto, sino una “biografía”, una “constante”. Una “presencia”: nada de gritos, excepto en caso de algún acto deshonroso, como rehusar una pelea, que, si llegaba a acontecer, “salpicaba al barrio entero”.

El perfil de “el guapo” nos muestra que, llegada la vejez, su temperamento se aquietaba, metamorfoseándose en “patriarca”. Se le brindaba tratamiento de “don”, e incluso el nuevo “patrón” del “coraje lugareño” respetaba y hacía respetar a su antecesor. De modo que, cuando de pronto el “viejo compadre” se hacía ver por el “boliche” –es decir, la cantina o taberna–, su consejo era fervorosamente escuchado. Se le tributaba homenaje a su experiencia y sabiduría; pero, por encima de todo, aquel “largo itinerario de coraje, hecho de miradas, de puro prestigio muchas veces”.

Ahora bien, este “estado personal” no era lo habitual. A la mayoría de ellos la muerte lo alcanzaba todavía muy joven en algún “enfrentamiento” o bien en un “descuido” por exceso de confianza. Y, ¿cómo no?, en una brava “cuchillada” a traición que lo dejaba tendido para siempre sobre “las piedras de una vereda despareja”. ¿Su consecuencia? La admiración por sus “hombradas” que ejercían el poder de una “leyenda”, siempre “fileteada” con apócrifos arrojos y “crónicas”, tan sólo de oídas.

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