Opinión

El ‘guapo’ del 1900, Héctor Sáenz Quesada y Jorge Luis Borges


Refiriéndose al ‘guapo’ del 1900, el célebre escritor argentino Jorge Luis Borges nos precisa que “su profesión, carrero, amansador de caballos o matarife”. “Su educación –agrega–, cualquiera de las esquinas de la ciudad. No siempre era un rebelde: el comité alquilaba su temeridad o su esgrima y le dispensaba su protección. La policía, entonces, tenía miramientos con él: en un desorden, el ‘guapo’ no iba a dejarse arrear, pero daba –y cumplía– su palabra de concurrir después. Las tutelares influencias del comité restaban toda zozobra a ese rito. Temido y todo, no pensaba en renegar de su condición; un caballo aperado en vistosa plata, unos pesos para el reñidero o el monte bastaban para iluminar sus domingos”.

Hemos de recordar que el ‘guapo’ acostumbraba a vestir de luto, acaso porque su labor le forzaba a “tutearse” con la muerte. El “lengue” de color blanco con la inicial bordada, al igual que la “chalina” de piel de vicuña, eran los distintivos que “cortaban” ese espíritu del atuendo. Pues, en efecto, si se daba “la mala”, hubiera sido indecoroso quedar así, “tirado” en una esquina, con ropas de otra índole. Y “de yapa”, ése había sido además el “uniforme” de sus mayores, al cual él mismo gratamente se adaptaba.

Singularmente reveladoras son las explicaciones que nos concedió el ensayista Héctor Saénz Quesada acerca del “aspecto” y los “modos” del “guapo” como normal resultado de su histórico legado: “El compadre porteño del siglo XIX refugiábase por instinto en el pasado. Su traje oscuro o negro repetía el atuendo filipino; su melena volcada sobre el pañuelo del cuello era nostalgia de la coleta dieciochesca; su cuchillo, sustituto del estoque toledano. Su afectación de movimientos, ejecutados cada uno con parsimonia de rito (hasta aventar la ceniza del cigarrillo con la larga uña del meñique), era obstinado conservatismo de la gravedad del gentilhombre, y en las veredas de ladrillo de los barrios recios su contoneo revivía las mudanzas del minué”.

Resaltemos que el gran literato Jorge Luis Borges ahondó en el cosmos del “guapo” y del “cuchillero” y del “tango” en obras tales como El idioma de los argentinos, Ediciones Gleizer, Buenos Aires, 1925, texto en el cual nos legó páginas ilustrativas en torno a los orígenes del “idiolecto” denominado “lunfardo”, asimismo tan estudiado y divulgado por el escritor y ensayista José Gobello, ilustre presidente durante muchos años de la “Academia Porteña del Lunfardo”. ¿Y cómo pasar por alto aquella obra de Borges en colaboración con Silvina Bullrich titulada El compadrito. Su destino, sus barrios, su música, de ‘Fabril Editora’, Buenos Aires, 1968?

Aquel “idioma” porteño tanto imbuyó de preocupación literaria a Jorge Luis Borges, que –en colaboración con José Edmundo Clemente– publicó El lenguaje de Buenos Aires, Editorial Emecé, Buenos Aires, 1963. “Aquella estampa artística (y naturalmente exagerada como toda obra de arte) –sostenía el ensayista Sáenz Quesada– demostraba el abolengo castizo hasta en sus celos calderonianos, pues se batía a muerte, si le miraban la mujer en las “milongas con corte”. Por su pundonor a la antigua usanza despreciaba el puñetazo propio de villanos lo mismo que el trabajo asiduo, que envilece al hidalgo por ansiedad de servir a un patrón o a una clientela”.

 

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