Opinión

El grabado y el linóleo en Galicia

Isaac Otero | 08 de enero de 2018

“Aun reconociendo que se trata de artes y técnicas muy alejadas en la cronología y en los procesos manuales, cuando se habla del grabado gallego no dejan de venir a las mientes los petroglifos, las decoraciones incisas en cerámicas y joyas, los repujados y filigranas… Ante las estelas de los talleres relivarios, los canceles de Saamasas, con sus cortes a bisel o los textos sobre esmaltes medievales, y cuando se admiran las obras primitivas de la azabachería, se piensa en la aptitud de nuestros artistas y menestrales para la incisión y el relieve”, nos señala Ramón Rodríguez Otero en su obra La escuela linoleísta de Pontevedra, Publicaciones ‘El Museo de Pontevedra’, tomo XXXIV, 1980, correspondiente a su Diputación Provincial.

Recordemos que el estudio de los grabadores gallegos y sus escuelas es relativamente reciente. Cuando se instalan en el ‘Instituto Padre Sarmiento de Estudios Gallegos’ las Exposiciones dedicadas a la imprenta santiaguesa (1948) y al Grabado Compostelano (1949), la bibliografía todavía es muy escasa: el artículo de Mayer acerca del boj ‘en testa’, con recensiones divulgadoras de Esteve Botey y Méndez Rodríguez. Asimismo, las pocas notas biográficas allegadas por Murguía, López Ferreiro, Pérez Costanti y Couselo. Igualmente, las imprescindibles referencias en los estudios bibliográficos sobre impresos: Carré, Padre Atanasio López, Rey Soto u Odriozola. Como libro de enorme lujo y limitada tirada, en 1950 ve la luz la obra de Xosé Fernando Filgueira Valverde –nuestro escritor y polígrafo gallego–, cuyo título es Grabados Compostelanos. Una iconografía del Apóstol Santiago, Grabadores Compostelanos. Estampas de tema santiagués, editada por el Museo de Pontevedra, con tirada realizada en la ‘Calcografía Nacional’. También la ‘Imprenta Paredes’ de Compostela y la de ‘Peón’ de Pontevedra. Tiempo después, llegarían los estudios más relevantes alrededor de artistas y temáticas diversas, cuyo autor ha sido el poeta, etnógrafo y erudito Fermín Bouza Brey.

Si analizamos todos aquellos grabados, bien puede apreciarse el influjo de las ‘peregrinaciones’ a Compostela. El que fue el menos conocido de nuestros oficios artísticos en Galicia, según la explicación del profesor Filgueira Valverde, “se inició con la iconografía jacobea, para ilustrar bulas, hojas de reliquias y quizás itinerarios”. En seguida recibió la influencia del arte decorativo tanto de la platería como de la arquitectura. He ahí el contraste que se nos ofrece en las láminas abiertas en Galicia, entre la riqueza y la originalidad de los marcos ornamentales y la pobreza de dibujo y ausencia de composiciones originales en las figuras. El apogeo del grabado compostelano coincide con el del Barroco arquitectónico. Aquellos grabadores que transitan desde el XVII al XVIII avanzan incluso en cuanto a técnica: la invención del uso del boj de pie (1730) antecede en treinta años al uso en Francia y en cuarenta y cinco a Inglaterra. “El linóleo, por primera vez –nos indica el profesor Filgueira Valverde-, en la Península, y formando toda una escuela, la ‘pontevedresa’, iniciada por Castelao y Sobrino, mientras, también hoy, Castro Gil y Julio Prieto, burilando pacientemente el cobre, significan el apego al oficio en sus formas más duras, pero también la expresión de ideas nuevas con la técnica perenne”.

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