Opinión

Las fuerzas telúricas, Tierra de Fuego, sus habitantes

Isaac Otero | 26 de abril de 2021

“Se entreabrió una hendedura, filtraron crestas de agua ascendente, reventaron espaldones y un torrente frenético se abalanzó por la segunda angostura hasta chocar con el mar opuesto en una baraúnda de ciclones y marejadas. La primera se había quebrado ochenta siglos antes”, escribe el historiador Juan E. Belza en su magnífica obra Romancero del topónimo fueguino, Instituto de Investigaciones Históricas, Tierra del Fuego, Argentina, 1978.

En el capítulo ‘Busca Fernán de Magallanes la encrucijada sureña’, Juan E. Belza nos evoca aquel lecho primitivo de glaciares reincidentes y cómo, de pronto, se transmutó en grieta continental y pasaje marítimo que, al mismo tiempo, separó y unió la tierra firme del norte a las islas grandes y pequeñas que, al mediodía, flotaban como piezas de archipiélago. ¿Y en la isla mayor? Recurriendo a “indicios legendarios”, pudiéramos decir que “el viejo sol, el pegado al cielo, abrazaba las rocas del oeste, calcinaba pastizales aledaños y carbonizaba árboles inmemoriales…”.

Estoy observando ahora mismo a unos cazadores “sélknames”, fotografiados en 1912 por el Padre Alberto De Agostini. “Cabe esta espumosa cuna, reñidero de mares, orlada de hogueras –señala Juan E. Belza–, resonaron los primeros vagidos de la historia fueguina, borroneada en las brumas de las sagas”. ¿Y cómo aquella pavorosa convulsión telúrica no iba a sorprender a los aborígenes patagónicos? Ellos, al abrirse el verano, habían cruzado con armas y perros los istmos pedregosos a la búsqueda de guanacos, pumas, zorros y avestruces. La explosión de la catástrofe ahuyentó la caza y dejó paralizados de terror a los monteros. Superado en algo aquel trance, medrosos, fueron asomándose al barranco de “Punta Ensangrentada” o “Urjenuar”. Rodearon la costa de “Jorresken” y probaron fortuna con la ruta del “Khen” o “Kankewe”. Entre tanto, los senderos que apuntaban a las “moradas del norte lejano” o “Wuonská” habían desaparecido.

“El antiguo paradero –continúa el historiador Belza– estaba convertido en la ‘nostalgia norte’ del ‘Kanshownepe’. Interrumpía el camino un ‘Atelili’, pequeño ‘Aster’ o canal que horadaba las angosturas y desvanecía los atajos”. El hecho es que los proscritos ignoraban cualquier clase de navegación o nadadura, de modo que se vieron constreñidos a refugiarse y sobrevivir en el extremo norte de la nueva tierra. No faltaron quienes la describieron como ‘Karukinká’ debido a su ubicación geográfica. Otros prefirieron denominarla “Tkoyuská” a causa de las lomas que la ondulaban.

Existían dos reducidas hordas –“choncóiucas” y “sélknames”– que, si bien consanguíneas y afines en cuanto a idioma y costumbres, fueron incapaces de convivir sin constantes rivalidades, pendencias y matanzas. Los “choncóiucas” paulatinamente se extendieron hacia el Este para convertirse en habitantes de la pradera o “parikas”. Los “sélknames”, en cambio, descendieron al Sur, hasta cruzar el “río de los róbalos”, el “jorroskol” u “oroski”, el que hoy se llama “ Grande”, a fin de convertirlo tácitamente en frontera y así internarse en el bosque o “herska”.

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