Opinión

Desde la flauta hasta el bandoneón tanguero

A fines de la postrer década del siglo XIX el bandoneón empezó a surgir a menudo en los ‘tríos’ musicales que ‘amenizaban’ cafés y prostíbulos. El hecho es que, al cabo de escaso tiempo, este instrumento creó carta de naturaleza a la hora de interpretar cualquier tango. De tal modo que el bandoneón desbancó a la ‘flauta’ de los primitivos ‘conjuntos’. “Pero ese simple trueque de timbres sonoros –nos recuerda el musicólogo y académico Luis Adolfo Sierra en su estudio Historia de la orquesta típica (Evolución testimonial del tango), Ed. Peña Lillo, Buenos Aires, 1966–, aparentemente formal y sin mayor trascendencia, traería un cambio total en la fisonomía musical del tango”. “Con la paulatina desaparición de las traviesas y picarescas florituras de la flauta –prosigue el insigne “lunfardólogo”– fue perdiendo el tango su originario carácter retozón y bullanguero. Adoptó entonces una modalidad temperamental severa, cadenciosa, adusta, apagada. Y fue el bandoneón, sin duda, el artífice de esa radical transformación anímica, que acaso el tango esperaba para volverse quejumbroso y sentimental”.

Oscar D. Zucchi, en sus estudios sobre Francisco Lomuto y Edgardo Donato, así como del bandoneón, dentro de la obra general titulada Historia del tango, Ed. Corregidor, Buenos Aires, 1977, nos brinda en su exhaustivo ensayo esta definición técnica: “Un aerófono portátil, con botones, accionado a fuelle, con ejecución de ambas manos simultáneamente, provisto de dos cajas armónicas en cuyo interior vibran, por acción de aire a presión, un sistema de lengüetas metálicas. El bandoneón cromático expresa la misma nota abriendo y cerrando el fuelle. El acromático, de mayores posibilidades, es el adoptado por los profesionales del tango y varía la expresión según se ejecute abriendo o cerrando, produciendo disonancias o asonancias”.

“Pero como ocurre con el cante jondo, los significados profundos de un son de bandoneón, sus matices inexplicables y misteriosos, hacen más a un pasado compartido, a una comunicación secreta que a cualquier tipo de comprensión intelectual o conocimiento erudito –escribe el ilustre poeta y tangófilo Horacio Salas en su obra El tango, Ediciones Planeta Argentina, Buenos Aires, agosto de 1986, 1ª edición–. Además de un instrumento, el bandoneón es una historia o cientos de historias, es el melancólico transmisor de la nostalgia porteña que se engancha en el desarraigo de los primeros inmigrantes y la tristeza ante la irrecuperabilidad del pasado y la lejanía de los paisajes infantiles”.

Conjunción de pobreza y soledad. Recónditos recuerdos en secreto y aun el hondo dolor de ser testigo –y no protagonista– de esa biografía de los grupos de inmigrantes que arribaron a los muelles del puerto de Buenos Aires. ¿Qué escondidos significados transmitían las notas del bandoneón? El inconmensurable compositor Homero Manzi nos regaló los siguientes versos en el tanto ¡Che, bandoneón!: “Tu canto es el amor que no se dio/ y el cielo que soñamos una vez/ y el fraternal amigo que se hundió/ cinchando en la tormenta de un querer./ Y esas ganas tremendas de llorar/ que a veces nos inundan sin razón/ y el trago de licor, que obliga a recordar/ si el alma está en orsai, ¡che, bandoneón!”.

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